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“Y de pronto, vestidos de selva sin ser selva aparecieron hombres armados que venían de lejos de muy lejos, dizque porque era menester un ejército en el Chocó, ellos no conocían la música y mucho menos la música de chirimía y lo que les sonó a ataque no era otra cosa que el tururú tita del clarinete, el bom bom bom de la tambora, el ratatatatá del redoblante y el plin plan de los platillos magnificados por el rugido del río. Miles de proyectiles volaron por el aire cercenando los sueños y la vida… y por el río siempre por el río balsiaron flores, cadenas granoecafé, vestidos de tela de espejo, zapatos de charol, cuerpos muy quietos con ojos abiertos mirando sin mirar… la matanza acababa de inaugurarse por el río.” 

Amalia Lu Posso, noviembre de 2017
(Escritora y poeta chocoana)

 

 

Cuando la población de Bellavista, cabecera municipal de Bojayá, y de sus alrededores la subían a la “panga”, embarcación que los propios paramilitares habían nombrado “rumbo al cielo” sabían su destino. Una sentencia de muerte que trajo consigo además el miedo y el silencio. El río Atrato se fue convirtiendo en la fosa común que es actualmente.

A finales de los 90 los grupos paramilitares habían entrado por la ruta del bajo Atrato y la zona de Urabá desde Antioquia a esta región agudizándose la guerra en ella. Asesinatos selectivos. Torturas. Desapariciones. Desplazamientos Forzados. Secuestros. Intimidaciones. Amenazas. Señalamiento. Robos de motores, víveres y combustible. Bloqueo económico (restricción de alimentos, medicinas y combustibles). La comunidad de Bellavista denunció estos hechos a través de la “Declaración por la vida y la paz” el 12 de septiembre de 1999.

Pero no fue hasta que un día, el 2 de mayo del 2002 que sucedió una de las masacres más atroces la que puso la mirada en este pequeño pueblo. En un fuego cruzado entre paramilitares y las FARC, una pipeta que lanzó la guerrilla estalló contra la iglesia donde se resguardaba la gente. El horror de Bellavista comenzó a contarse. Y el pueblo se vio obligado a abandonar sus hogares. El pasado de violencia se hizo presente y continua hasta hoy.

 

Canción del 2 de mayo por Domingo Chalá Valencia (Sepulturero de Bellavista).

Acá los mapas se pierden.

Acá llueve la mayor parte del año. Y cada tanto los grandes y pequeños ríos sobrepasan sus orillas e inundan las tierras.

Acá el tiempo transcurre entre el pasado al que pertenecen los recuerdos, el presente cantado y el futuro que siempre será el tiempo de la espera. Y la espera ese estado en el que el tiempo contiene el aliento para recordar la muerte.

Los primeros días de mayo del 2017 la Fiscalía comenzó la exhumación de las fosas donde hacía 15 años Domingo junto a otros compañeros inhumó a sus vecinos. Dos años después la Fiscalía en su consolidado de datos de mayo de 2019 señaló que de los 77 cuerpos exhumados aquellos días, realmente hay huesos que pertenecen a 78 personas, de las cuales 50 han sido ya identificadas.

Acá hay más cuerpos enterrados. La guerrilla recogió a su gente, los paramilitares no sé sabe.

Acá no sólo pasó el 2 de mayo. Sino que llueve todos los días y ya se perdió la cuenta de la muerte. Algunos bajaban por el Atrato y pudieron ser enterrados, otros siguieron su cauce.

La armonía es ese orden de la vida que vincula a cada quien a su tierra. Pero ¿qué sucede cuando no es tu tierra donde yace tu cuerpo?, ¿qué sucede cuándo no hay tumba donde llorar?, ¿qué sucede cuándo tu cuerpo se mezcló con el de otro, y otro, y otro?

2 de mayo de 2019

Es una tarde lluviosa de mayo, 17 años después. Hoy se vuelve a, ¿cómo decirlo? ¿homenajear a los muertos, a los sobrevivientes?, ¿celebrar, qué? ¿conmemorar, qué?, recordar esos hechos como si en el día a día, todos los días, no los recordaran la gente que es de aquí. Hoy quizás lo único que pase distinto es que cayeron esos a los que llaman “chalecos”, esos que antes de decir su nombre dicen la organización para la que trabajan. Esos que no estuvieron aquí hace 17 años, ni tampoco los años antes, ni tampoco viven hoy acá.

Con las horas, sigue lloviendo, ya no hay “chalecos” en Bellavista Nueva. Creo que nunca vi uno en el barrio de Bellaluz. Son las siete, la hora del zancudo. Llevan semanas sin energía, no hay luz, apenas las velas iluminan. El silencio de la noche interrumpido:

“Mucha violencia en mi país,
cualquiera se quiere adueñar de lo que hay aquí,
muchos llegan y toman y a los demás los fuerzan a salir,
no puede ser así.

Muchos quieren salir, muchos quieren estudiar,
Muchos quieren aprender más allá,
Muchos quieren sentir la realidad
Y otros solamente con mentiras le dan la falsedad.

En río Atrato hay mucho maltrato
No nos podemos desplazar por tanto grupo armado

Mucha violencia en mi país,
Nos quieren sacar de aquí
Aunque ellos quieran nosotros no nos vamos a salir
Vamos a resistir
Nosotros vamos a luchar por lo que tenemos aquí.”

Anclados en la realidad, un joven, que apenas sería un niño el 2 de mayo del 2002, junto a otros que ni siquiera habrían nacido, cantan, componen. Aluden a la violencia con la que conviven. ¿Qué tenían que celebrar hoy? Mañana no estarán en los titulares de ningún periódico, eso se lo dejamos a los “chalecos”.

Acá está la resistencia.

 

Piensan que el río está sólo para servir sus necesidades, sus planes de desarrollo elaborados al margen de la vida de los territorios. Ese desarrollo de las economías de otras sociedades, delirante a partir de los intereses empresariales. Un desarrollo que contempla la naturaleza como un depósito del que extraer todos sus recursos. En el que nosotros sólo somos sus obstáculos.

En el 2016 la Sentencia T-622 reconoció al río Atrato como sujeto de derecho, lo que se suponía iba a garantizar su conservación y protección. Que complejidad cuando el modelo de desarrollo no cambia en su delirante destino.

Recuerdan, quienes aún pueden recordar, que antes, hace décadas, varias ya, el agua del río Atrato era cristalina, y navegando cuando uno tenía sed, metía la mano y bebía. Ahora su color es marrón, plásticos y espuma sus olas. 

La minería, las dragas, la avaricia, el extractivismo, el oro… !el desarrollo!.

 

Este proceso creativo en desarrollo es parte de un proceso fotográfico y de investigación que mira el tiempo del horror, al escuchar hoy los relatos desde el territorio de quienes van más allá de los acontecimientos para encontrar el acontecer y mostrar el abandono, el despojo y la violencia continua desde la cotidianidad de sus gentes, a orillas de un río, de un pueblo que sigue resistiendo.

Porque la historia debería ser contada desde los rincones, desde las sillas de plástico y hamacas, como conversaciones entre vecinos, canciones y cuentos de tardes largas con zancudos, en los que la gente disfruta de las palabras que construyen y dan sentido a la memoria del pasado en el presente.  

 

 

 

 

 

Narrar sólo es posible a través de mirarnos a los ojos, un acto de afectos. Una recuperación de los detalles

 

PRÓXIMAMENTE MÁS INFORMACIÓN  

 

Fotografía: Ariel Arango Prada
Escritura: Laura Langa Martínez

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