
PAZ DISIDENTE
Luchas autónomas y el estado en Colombia
Anthony Dest
En 2016, los Acuerdos de Paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el Gobierno colombiano prometían poner fin a más de cincuenta años de conflicto armado. Sin embargo, a pesar del amplio reconocimiento internacional y las cuantiosas inversiones en el proceso de paz, la guerra continuó. PAZ DISIDENTE ofrece una rigurosa reevaluación de los términos de la construcción de la paz a través de una etnografía de las luchas en curso por la autonomía, basada en más de quince años de investigación y activismo en Colombia.
Desde los campos de coca del surocidente de Colombia hasta la mesa de negociaciones en Cuba, Anthony Dest da vida a las contradicciones de la construcción de la paz y la organización, y abre un espacio crítico desde el que imaginar formas de paz más liberadoras. Anthony Dest sitúa la violencia contemporánea en el contexto de la larga historia del capitalismo colonial y centra su atención en las vidas y perspectivas de las comunidades negras e indígenas de Colombia. Identifica la «paz disidente» como una potente alternativa a los marcos de paz dominantes y centrados en el Estado, basada en principios evolutivos de autonomía y autodeterminación. Con importantes implicaciones para los movimientos sociales a nivel mundial, este libro ofrece un relato apasionante de lo que significa luchar hoy en día.


Anthony Dest es profesor asistente y becario Gussenhoven de Geografía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Su trabajo se basa en colaboraciones de larga duración con movimientos sociales afro e indígenas en Colombia.




FICHA TÉCNICA:
Autor: Anthony Dest
Prólogo: Vilma Rocío Almendra Quiguanás y Emmanuel Eduardo Rozental Klinger.
Traducción: Daniel Campo
Fotografías: Anthony Dest, Ariel Arango.
Editorial Entrelazando
Dimensiones: 16,5 x 22
Impresión: Tipográfica y digital.
300 ejemplares
Impreso en: Casa Taller Entrelazando, Colombia. Enero 2026
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(5 primeras páginas de la introducción)
El 5 de octubre de 2017, fuerzas estatales abrieron fuego contra un grupo de manifestantes en la pequeña comunidad de El Tandil, cerca de la frontera con Ecuador. En los diez días previos a la masacre, los cultivadores de coca de El Tandil habían exigido que el gobierno nacional implementara los Acuerdos de Paz de 2016 con las FARC-EP. Los Acuerdos supuestamente garantizaban el apoyo a los cultivadores de coca que quisieran sustituir sus cultivos de uso ilícito y transitar hacia una economía legal. En lugar de brindar alternativas a los cultivadores de coca, el estado mató a siete personas e hirió a más de veinte.
Aunque después los funcionarios del gobierno culparon de la violencia a supuestos disidentes de las FARC-EP, los testigos afirmaron que la masacre no fue provocada (1). Más de cinco años después, los perpetradores de la masacre todavía no han enfrentado a la justicia y los cultivadores de coca de la región donde se encuentra El Tandil siguen produciendo cocaína para el mercado global.
Uno de los sobrevivientes de la masacre, José Hernán de la Cruz, le dijo al periódico El Espectador:
Qué gran engaño nos llevamos nosotros los que vivimos en medio de las balas, en medio del conflicto armado. Qué engaño tan berraco saber que llega el Ejército y llega la Policía y que, prácticamente, en este momento fueran como los peores enemigos. Yo qué voy a confiar en esta gente con lo que me hicieron, a mí me invalidaron un brazo, yo tengo todo este brazo reconstruido.
Hasta el momento no cabe en mi pensamiento y en mi forma de vivir de que yo al frente de la misma autoridad, reclamándole unos derechos, y la misma autoridad comenzara a disparar contra nosotros los campesinos, si nosotros estábamos reclamando algo que era justo (2).
La masacre de El Tandil destruyó la ilusión de paz que el gobierno colombiano trató de proyectar al mundo, pero no fue una sorpresa para las personas familiarizadas con los medios violentos utilizados para reprimir el cambio social en este país. Inmediatamente después de los Acuerdos de Paz, las comunidades que iban a beneficiarse más de la paz siguieron siendo oprimidas, y ya había comenzado la constante eliminación de los antiguos combatientes de las FARC-EP que participaron en el proceso de paz. La guerra continuó.
El “engaño” al que se refería de la Cruz tras la masacre de El Tandil se encuentra en el núcleo del contrato social que teóricamente mantiene unido al lugar llamado Colombia. Es la violencia fundante y siempre presente del estado y el capitalismo (3). El estado, como el capitalismo, no es un rasgo transhistórico de la historia humana(4). Es una forma históricamente específica de autoridad patriarcal cuyo nacimiento estuvo entretejido con las bases racistas de la modernidad colonial-capitalista. Colombia, como uno de esos ejemplares del estado, obtuvo su independencia de España en 1819 y sus gobernantes se dispusieron a establecer su dominio dentro de sus siempre cambiantes fronteras a través de la violencia y el estado de derecho. Con Cristóbal Colón detrás de su nombre, Colombia forjó una ciudadanía y una identidad nacional en el curso de siglos. Como estado en busca de súbditos, el discurso de la pertenencia nacional se basó en formas de dominación racializada y de género con la blanquitud criolla como su forma idealizada (5). Esto estableció a los pueblos indígenas y a los descendientes de africanos esclavizados -junto con sus relaciones diversas y en ocasiones contradictorias con el territorio- como obstáculos para la formación estatal colombiana. Por lo tanto, el estado colombiano tomó forma a través de la imposición inherentemente violenta de un contrato social basado en el sostenimiento del capitalismo colonial (6).
En 2022 -260 años después de que Rousseau escribiera Del contrato social: o los principios del derecho político– Gustavo Petro y Francia Márquez prometieron un “nuevo contrato social” en la primera página de su programa, con el que se comprometían a convertir a Colombia en una “potencia mundial de la vida” y a lograr la “paz total” (7). Su elección marcó la inauguración del primer gobierno progresista en la historia del país. Petro, un exguerrillero del M-19 que afirma que Rousseau inspiró su interés en la historia cuando era adolescente, emprendió una misión para transformar el estado expandiendo su ámbito de influencia(8). Tras la victoria, en su discurso de celebración dijo ante el público: “Vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia, no porque lo adoremos, sino porque tenemos primero que superar la premodernidad en Colombia”(9). Al decir esto, reiteró un lugar común sobre la formación de estado que atribuye la violencia, el atraso y el subdesarrollo a la ausencia del capitalismo y del estado. (10) Este lugar común no solo encubre las múltiples maneras en las que el estado y el capital están presentes en regiones consideradas como fronteras ingobernables, también establece al capital y al estado como la solución a la violencia, ignorando de esa manera su papel activo en la producción de esta. A pesar de considerarse una novedad, el planteamiento de la administración de Petro sobre el contrato social y lo que se conocería como paz total siguió estando explícitamente comprometido con una forma de desarrollo capitalista facilitado por el estado.
Por siglos, la idea de un contrato social como la base de la comunidad política ha servido como una de las principales justificaciones para la soberanía de los estados (11). A través del contrato social -dice el relato- los hombres se someten a una autoridad superior en nombre de un bien común vagamente definido.(12) No obstante, el término “contrato” sugiere un acuerdo consciente consumado por la ley, pero las incontables personas masacradas en nombre de la formación del estado no firmaron voluntariamente para entregar sus vidas en su servicio. Al escribir en 1762, mientras las fuerzas del colonialismo europeo continuaban expandiéndose por el planeta, Rousseau incluyó la siguiente advertencia en su tratado sobre el contrato social: “Bajo malos gobiernos esta igualdad es solo aparente e ilusoria; solo sirve para mantener a los pobres en su miseria y a los ricos en su usurpación. De hecho, las leyes son siempre útiles a aquellos que poseen y perjudiciales para quienes no tienen nada”(13). Como lo atestiguó De la Cruz en su denuncia de la masacre de El Tandil, el contrato social no fue tan democrático, justo e igualitario como lo parecía ser.
Desde los primeros días de la colonización, la ley -en particular en relación con la propiedad privada- ha sido crucial para la codificación y continuación del capitalismo colonial y la formación de estado (14). Desde el sistema de resguardo y las gracias al sacar (el derecho legal de los africanos esclavizados de “comprar blanquitud”) establecidos por el Imperio Español hasta las formas contemporáneas de reconocimiento multicultural, estas leyes extendieron la promesa de lo que Silvia Rivera Cusicanqui llama la “inclusión condicionada” a aquellos dispuestos a acatar las reglas del proyecto colonial y el castigo para quienes se rebelaran (15). Este proyecto colonial ha girado en torno a garantizar la sumisión a una forma particular de autoridad que emana de Europa y se deriva su fuerza de eliminar alternativas al sistema a través de la violencia y la asimilación.
Enmarcado en esta perspectiva, el discurso que prevalece alrededor de la paz en Colombia debe entenderse dentro de una historia más larga de pacificación, con la que comparte la raíz latina pax. Los orígenes de la pacificación en lo que ahora llaman Colombia se pueden rastrear al menos hasta 1573 con el mandato del rey Felipe II a abandonar el lenguaje de la conquista por el lenguaje de la pacificación. Las “Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias” del Imperio Español se hicieron ley en medio de críticas interesadas de otras potencias europeas sobre la brutalidad ostensiblemente excepcional de España como poder colonial. El cambio retórico hacia la pacificación en el lenguaje oficial del Imperio Español no inspiró una divergencia de la estructura genocida del desarrollo capitalista colonial, pero sí reveló una preocupación por exponer la vacuidad de las convicciones religiosas y morales que sirvieron como justificaciones ideológicas para la colonización. En La conquista de América: el problema del otro, Tzvetan Todorov dice: “el texto [de las Ordenanzas] no podría ser más explícito a este respecto: lo que hay que desterrar no son las conquistas, sino la palabra conquista; la ‘pacificación’ no es sino otra palabra para designar lo mismo”(16). Para el siglo XX, la “pacificación” se convirtió en parte de la lengua franca de contrainsurgencia, a medida que las potencias coloniales intentaron sofocar en todo el mundo las resistencias nativas y consolidar su control sobre la tierra y la vida. Resulta esclarecedor, por lo tanto, regresar a la raíz de las palabras “paz” y “pacificación”. Según Mark Neocleous en War Power, Police Power: “Lo que se connota con la palabra pax, y por lo tanto también “paz”, no es una ausencia de conflicto o el hacer un pacto, sino la imposición de la hegemonía y la dominación logradas a través de la conquista y mantenida por las armas […]. Pax era y es una paz de los ganadores, lograda por medio de la guerra y la conquista”(17). Al operar a través del lenguaje aparentemente más tolerable de la pax, la pacificación fungió como uno de los principales métodos de asentamiento en las Américas y la paz fue su progenie.
Este libro explora cómo el discurso dominante sobre la paz en Colombia está moldeado por y moldea al capitalismo colonial. Al establecer la consolidación de la soberanía del estado como el antídoto a la violencia, este discurso da por sentado cómo la paz estadocéntrica consiste en una forma totalizante de colonización dependiente del genocidio y de la eliminación de las alternativas a ella.(18) La paz, como la guerra, impone un marco de pensamiento y acción política que da forma a las relaciones sociales. Este proceso de subyugación, no obstante, siempre es incompleto.
Otro de los sobrevivientes de la masacre de El Tandil describió sus esfuerzos por obtener justicia a través del sistema legal como “nadar contra la corriente”(19). Esta frustración ha surgido en prácticamente todas las reuniones, marchas o movilizaciones a las que he asistido. Desde los sobrevivientes de la masacre de El Tandil hasta los concejos comunitarios afrocolombianos en la costa Pacífica, pasando por los puntos de resistencia en la ciudad de Cali, la gente comparte historias sobre cómo la violencia, el capitalismo y el estado se interponen en sus habilidades para vivir libres mientras luchan por un mejor futuro. En teoría, el estado debería estar para protegerlos, pero, en cambio, se manifiesta principalmente bajo la forma de un agente de policía hostil o de un burócrata inútil. Las formas disidentes de paz surgen de sus rechazos al statu quo y del potencial de sus luchas por la autonomía frente a él.
1) A lo largo del libro utilizo la palabra “disidente” de una manera diferente al uso popular del término en Colombia tras los Acuerdos de Paz de 2016. Para el 2024, el término se utilizaba principalmente como adjetivo para describir a las facciones que se separaron de las FARC-EP o que afirman ser sus sucesoras tras los Acuerdos de Paz. Estos grupos armados siguen ejerciendo la violencia en muchas de las comunidades en las que viví y trabajé, y su programa político, tanto en la teoría como en la práctica, entra en conflicto con la dirección de este libro. Ninguno de estos grupos se identifica a sí mismo como “disidente”, sino que afirman ser la continuación del proyecto político de las FARC-EP. Mi uso del término de ninguna manera debe confundirse con simpatía hacia ellos. Interpreto el uso popular del término “disidente” como un intento de limitar la imaginación política mediante la moralización y la estigmatización de un abordaje de la política que surge de una conciencia crítica. En lugar de ceder nuestro lenguaje al impulso normativo de la política dominante, quiero recuperar el valor de la disidencia como principio organizativo.
3) Ver Benjamin (1996) para una discusión fértil sobre la relación entre la violencia fundadora del derecho y la conservadora del derecho.
4) Ver Skinner (1989) para una genealogía útil de “estado”; el capítulo de Wallerstein sobre “La monarquía absoluta y el estatismo” en el Volumen 1 de El moderno sistema mundial es particularmente útil para entender las primeras etapas de la formación de estado (2011); y Holloway (1994) proporciona un análisis crucial de cómo las relaciones sociales de estado y capital están entrelazadas.
5) Ver Arias Vanegas (2007), Echeverri (2016), Lasso (2017) y Rojas (2001) para enfoques críticos sobre la temprana formación de estado en Colombia y su relación con la raza. Ver el Capítulo 3 de este libro para mi abordaje de la “blanquitud criolla”.
6) Rivera Cusicanqui (2010) analiza “el proceso de ciudadanía forzada” como una característica del modelo civilizatorio occidental (58).
7) Petro y Márquez, 2022, 6, 50.
8) Petro 2021, 20.
9) Petro (2022). Reiteró específicamente esta declaración en su discurso en el Economic Reactivation Forum dos años después de asumir el cargo (Petro 2024).
10) De manera notable, la mayoría de los análisis de este tema hacen énfasis con razón en la ausencia del estado. Sin embargo, como se observa en la declaración de Petro, hay una creencia generalizada de que la ausencia del desarrollo capitalista también es causa de la violencia y el supuesto atraso. Para más sobre el tema de la ausencia del estado en Colombia, ver Ballve (2021) y Serje (2011).
11) Burnyeat y Johansson (2022) ofrecen un resumen útil de los enfoques de la teoría del contrato social. El artículo de Burnyeat en el mismo número especial (2022) ofrece un análisis valioso sobre cómo los funcionarios de la administración Santos buscaron promulgar un “contrato social liberal” después de los Acuerdos de Paz de 2016 con las FARC-EP.
12) Aquí utilizo intencional mente la palabra “hombres” con las implicaciones raciales y de género que acarrea (ver Wynter 2003).
13) Rousseau 2002, 169.
14) Para evaluaciones rigurosas de este tema más allá del contexto específicamente latinoamericano, véase Bhandar (2018), Harris (1993) y Moreton-Robinson (2015).
15) Friede (1969) incluye una esclarecedora historia del desarrollo del sistema de resguardos en Colombia. Twinam (2015) hace un resumen de los debates académicos sobre las gracias al sacar. Barragán (2021) ofrece un análisis crítico sobre la abolición de la esclavitud en Colombia y sus implicaciones sobre el significado de la libertad. Ver Rivera Cusicanqui (2012) para más sobre su uso de la “inclusión condicionada” en relación con el multiculturalismo. Arias Vanegas (2007) ofrece una mirada en profundidad sobre cómo los fundadores de Colombia interpretaron la diferencia racial en el siglo XIX. Los profundos aspectos coloniales de este enfoque sobre la formación de estado son también evidentes, por ejemplo, en la misión explícitamente civilizadora de la Ley 89 de 1890 sobre “cómo deben ser gobernados los salvajes que vayan rediciéndose a la vida civilizada”. Ver Rappaport (1994, 26-28) para más sobre la importancia de la Ley 89 de 1890.
16) Todorov 1982, 174.
17) Neocleous 2014, 29.
18) Esto apunta a la necesidad de abordar la teoría del colonialismo de asentamiento en el contexto latinoamericano. No estoy sugiriendo que deba utilizarse como un marco totalizante que sustituya a otros conceptos útiles, como el colonialismo interno y la colonialidad del poder, que han sido desarrollados con perspicacia por los estudiosos de la región (con los que también me ocupo en este libro), pero la teoría del colonialismo de asentamiento ofrece ideas particularmente útiles para comprender cómo la formación de estado y el desarrollo del capitalismo colonial forman parte de una forma continuada de asentamiento en las tierras de pueblos que siguen existiendo y resistiendo. Desarrollo algunas de estas ideas de manera más explícita en el Capítulo 2. Para más información sobre la relevancia del colonialismo de asentamiento en el contexto Latinoamericano, véase Castellanos (2020), Gott (2007), Loperena (2017, 2022), Speed (2017) e Ybarra (2018). Para un análisis particularmente útil de la resistencia mapuche al colonialismo de asentamiento y la pacificación en Chile, véase Antimil Caniupan, Nahuelpan Moreno y Curaqueo Mariano (2020).
19) El Tandil, una masacre (2018). Véase Pateman (1988) y Mills (1997) para un análisis de cómo el contrato social tiene sus raíces en el patriarcado y el supremacismo blanco. Quijano (2000) y Lugones (2008) teorizan sobre el poder persistente del patriarcado y el supremacismo blanco en sus escritos sobre la “colonialidad del poder”.

RESEÑAS
Nacla The North American Congress on Latin America
29 agosto 2025
https://nacla.org/dissident-peace-autonomous-struggles-and-the-state-in-colombia-review/
PoLAR: Political and Legal Anthropology Review
Journal of the Association for Political and Legal Anthropology
17 de septiembre 2025
https://polarjournal.org/2025/09/17/dissident-peace-autonomous-struggles-and-the-state-in-colombia/

