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La crónica es una visión que busca provocar el pensamiento sobre escenas y relaciones de la vida cotidiana. Viajamos durante poco más de una semana a la ciudad de Cúcuta, zona fronteriza entre Colombia y Venezuela, en el Norte de Santander, para eso, para pensar a partir de la experiencia. Allí, dos puentes fronterizos “legales” y decenas de trochas “ilegales” conectan ambos países separados por el río Táchira.

Cruzar la frontera resultó ser un espejo que permite entender de dónde vienes. El Norte de Santander es una de las regiones colombianas más afectadas por la violencia paramilitar. La lista de personas desaparecidas no deja de aumentar. Sin embargo, las alarmas de crisis “humanitaria” saltan al otro lado de la frontera. ¿Números o muertos? ¿Política o vidas? ¿De qué estamos hablando?

La incomprensión del valor del bolívar, el saqueo de los recursos, el contrabando, el rebusque, las trochas, la cotidianidad en la frontera y la cruel violencia de los hornos crematorios configuran la siguiente crónica. Narrada a partir de las imágenes contempladas, de las palabras escuchadas y de las percepciones incrustadas como recuerdos. Lo que nos permite conocer desde nuestra experiencia pero siempre a partir de los interrogantes críticos de aquellos y aquellas que sobreviven en la frontera.

 

Texto: Laura Langa
Fotografía: Ariel Arango
Diseño: Nanu Kübler

NO INVENTES,
SOLO RECUERDA.
LA REALIDAD
SUPERA LA INVENCIÓN.

35.000 personas cruzan el Puente Internacional Simón Bolívar todos los días. Más de 30.0000 regresan a Venezuela. Van y vienen. Vienen y van. Apenas unos miles se quedan en Colombia o pasan la frontera con destino a otros países.

Humo. Polvo. Gente. Mucha gente. Desde hace tres años el puente sólo se puede pasar caminando. Familias con apenas unas bolsas de compra. Gente que cruza. Venta ambulante. Rebusques de todo tipo.

– ¡Cambio moneda! ¡Cambio! ¡Hay puntos!
– ¡Compro pelo! ¡ Pelo! ¡Se venden sim cards! ¡Cigarrillos!
– ¡Dulces! ¡Almuerzos!

Justo antes de cruzar el Puente Internacional con destino a San Antonio de Táchira, Venezuela, decenas de casas de cambio deciden el valor de la moneda. El origen de esas casetas es confuso, en su mayoría estadunidenses. Revisamos la prensa para saber algo más y encontramos múltiples denuncias por blanqueo de dinero e incumplimiento de las normativas. Hoy se compra el peso colombiano por el bolívar a 0.012, se vende a 0.018. ¿Mañana, quién sabe? El valor del dinero en principio está regulado por las tasas de cambio “oficiales” y también por las del mercado “paralelo”.

– ¡Se le colabora con los bultos! ¡Transportamos su maleta!
-¡Chile! ¡Buenos Aires! ¡Bolivia! ¡Ecuador a 100 dólares!
Varias compañías de autobuses ofrecen viajes directos desde
Cúcuta a todo el continente.

En cambio en el paso fronterizo por Ureña son las y los maneros sentados en las calles, bajo sombrillas que les protegen del sol de Cúcuta, los que controlan el negocio de fijar el precio y cambiar la moneda. Números y más números. Cambian dinero con pequeñas calculadoras. Imposible contar tanto billete.

– ¿Cuánto van a cambiar?

Cambiamos 50.000 pesos colombianos (17 dólares aprox.). Nos dan más de 3 millones de bolívares, ¡una fortuna! son casi 3 salarios mínimos. Pero irrisorio, apenas nos daría para comprar 3 canastas de huevos en Venezuela dada la devaluación de la moneda, incontrolable para cualquier gobierno.

– ¡Esos billetes valen más al peso!

– ¿Y en puntos cuánto sería?

Esa misma cantidad, en una casa de cambio, serían casi 13 millones de bolívares por transferencia bancaria, lo que se conoce como puntos en la tarjeta. Entonces, ¿a quién beneficia recibir 3 millones de bolívares en efectivo pero entregar 13 millones en transferencia sin haberse realizado proceso económico alguno? Acaso no es una estrategia económica de la banca internacional para favorecer la hiperinflación del bolívar. ¿Cómo un país puede competir con semejante pillaje? Pensemos por unos instantes a quién está beneficiando depreciar el papel moneda de Venezuela.

– Los que regresan a Venezuela sólo traen números en la cabeza. Acá cambiamos nuestros bolívares y los pesos que ganamos por puntos. Sólo números y algo de mercado. Comenta un hombre en un puesto de comida. Por avaricia o supervivencia se contribuye al saqueo del papel moneda.

– ¡Cambio! ¡Cambio! ¡Hay puntos! 

Curioso, ¡no hay monedas, sólo billetes! Las monedas se vendieron como chatarra. Un imán garantizaba su valor en níquel y cobre. Otro negocio más, pero ¿para quién?

¡ADIÓS AMIGO VUELVA PRONTO!

PASO FRONTERIZO DE COLOMBIA A VENEZUELA

El expresidente Juan Manuel Santos tomó la decisión de suspender la emisión de las Tarjetas de Movilidad Fronteriza (TMF) que permitían el paso a las y los venezolanos sin pasaporte por ambos puentes fronterizos. Ahora se requiere sellar en frontera sino se cumple con ciertos requisitos fijados. 

En el paso por Ureña apenas hay una caseta desmantelada de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN). El tránsito de gente es infinitamente menor. Mientras que en el Puente Internacional Simón Bolívar está la DIAN y el Centro Nacional de Atención Fronterizo (CENAF) y sobre todo mucha, mucha gente haciendo filas. Miles. Horas y horas para sellar en la frontera la salida y entrada a Colombia, ya que sólo hay cinco funcionarios atendiendo. ¡Sólo cinco!

Tres veces cruzamos la frontera. Ningún guardia fronterizo nos pidió la documentación requerida para entrar en Venezuela. Nadie revisó lo que llevábamos. Sólo caminamos y caminamos. De hecho en dos ocasiones cruzamos la frontera “ilegalmente” puesto que no sellé como extranjera ni la entrada, ni la salida del país. No hubo ningún problema. 

 

 

La tercera vez que cruzamos el puente para llegar a San Antonio de Táchira, Venezuela, decidimos hacer la fila y sellar.

– Por cinco luquitas le adelanto hasta el principio de la cola. Así no tiene que esperar horas.

 – Señor policía, mire yo soy colombiano ella no. Pase, no haga la fila. No espere, pida al guardia de la entrada que le colabore para pasar por la otra ventanilla. 

– ¿Tiene pasaje? Yo le vendo uno muy barato, se lo van a pedir cuando sellé la entrada de regreso a Colombia. 

Cruzamos pero esta vez de manera “legal” y de nuevo nadie nos pidió el pasaporte. Cuando llegamos a Venezuela tuvimos que buscar las correspondientes ventanillas fronterizas. De nuevo sólo había cinco ventanillas para sellar. Si bien la espera fue menor. ¡Apenas tardamos unos minutos! 

La imagen de Maduro y Chávez siempre presente. 

– ¡Aquí no se habla mal de Chávez!

¡Bienvenidos a la
República Bolivariana
de Venezuela!

 ¡Rubio es muy bonito! ¡Vayan!

Tomamos un bus y atravesamos grandes superficies de tierra pero apenas vemos cultivos. Recorremos las montañas que unen ambos países, las fronteras políticas desaparecen en el paisaje. Entre tanto vemos un “cementerio de vehículos”, decenas de coches abandonados, parece ser que se quedaron sin las piezas para su reparación. Alguien nos comenta que los hay de tractores, de cuando Chávez invirtió en material agrícola. A oscuras llegamos al pequeño pueblo de Rubio.

– ¿Cuanto vale la noche? 100.000 bolívares (menos de un dólar) en efectivo, no hay puntos, se ha ido la luz. Hoy ya llevamoscuatro horas de corte de electricidad.

A la mañana siguiente hay, como todos los días, mercado en Rubio. Billetes y más billetes se amontonan en torres que compiten con las torres de panela. -¿A cómo está el kilo? Verduras, carnes, frutas… en todos los puestos del mercado hay comida, una imagen que contrasta con la de los medios de comunicación que hablan de desabastecimiento. ¿Será un espejismo? ¿Pasará también lo mismo en el interior del país?

– Más para dentro del país la cosa se va complicando, acá la ventaja es la frontera. Allá incluso escasea el efectivo, dice un vendedor.

 

 

dav

 

Sobre los puestos calculadoras y máquinas para contar billetes. Los precios en relación a los salarios son una locura. Sin embargo hay gente comprando en todos los puestos. Eso sí en puntos o en efectivo, el precio cambia.

A los pocos días llegamos a San Cristóbal. En el camino vemos carros aparcados haciendo largas colas para llenar el tanque. 

– ¡Más de ocho horas de espera para tanquear! ¡Toda la noche.

– ¡No hay gasolina, la refinería quebró! ¡No hay técnicos ni
piezas! ¡El bloqueo de nuevo! Otra fila a orillas de la carretera,
esta vez toda de autobuses. Pasa una camioneta repleta de gente.
– ¡Esto se ha convertido en el transporte público!

¡Con lo que tanquean en Colombia,
aquí tengo gasolina para un año!

Llenar el tanque de un carro en Venezuela cuesta aproximadamente 220 bolívares (0,003 dólares).

– Últimamente no hay gasolina, y la que hay se acaba muy rápido, mucha la cruzan por las trochas. ¡Allá todo vale más!

Un transportador lleva la gasolina por trocha hasta el río Táchira. Paga la primera cuota a la guardia venezolana. Otro transportador la lleva a las y los pimpineros en el lado colombiano y paga las sucesivas cuotas a los diversos grupos paramilitares que gestionan y controlan el paso fronterizo de contrabando. La frontera más “militarizada” del país.

Las y los pimpineros reciben este nombre por cargar con las pimpinas, canecas o bidones llenos de gasolina venezolana de contrabando para su venta. La venden en las calles de algunos barrios de Cúcuta tras el cierre del puente a vehículos. Hay más de 6.000 pimpineros en la ciudad. Más de 1.000 están sindicalizados: Sintragasolina, un sindicato con 38 años de recorrido amparando los derechos del contrabando.

La normativa colombiana señala que el ingreso ilícito de combustible menor a 20 galones sólo contempla la retención de la mercancía, pero no se considera un delito penal. Una pimpina son 4 o 5 galones. 

Operativos de la Polfa (Policía Fiscal y Aduanera) incautan las pimpinas. ¡Las rajan! ¡Nos persiguen! ¡Nos disparan!

– Acá se vende el galón entre 4.500 y 5.500 pesos colombianos (1,75 dólares).

– ¡Queremos regular el precio! No podemos trabajar así entre nosotros con esta competencia!

Lunes a las 18:00 pm. hay convocado un plantón delante
de la Gobernación de Cúcuta (Colombia). Negociaciones
sobre los posibles planes de reconversión.

– Llegue a Cúcuta desplazada por la violencia igual que muchos compañeros pimpineros. Soy madre de tres hijos. A uno de ellos le estoy dando el pecho. Cuando paso la gasolina de las canecas grandes a las pimpinas pequeñas a veces trago gasolina. Las articulaciones me duelen. Los gases. Sé que es tóxico. Pero cómo voy a alimentar a mis hijos sino tengo otro trabajo. He entregado cientos de hojas de vida y nada. Mi familia tenía una finca en el Norte de Santander, allí antes estaba la guerrilla y nos extorsionaba. Sembraron el terror en esa zona, colgaban gente de los árboles. Luego llegó la Seguridad Democrática de Uribe y comenzaron a comprarnos las tierras. Ya casi no tenían valor, nos dieron muy poco pero no nos dejaron otra opción. Un día vi en la televisión que quién nos había comprado las tierras era un alto cargo paramilitar, Don Mario. Plantaron todo con palma africana para biocombustible. Esto pasó en todo el país, en el Meta, en el Magdalena Medio, en el Cesar… Y actualmente toda nuestra región está llena de paramilitares y guerrillas.

– Para nadie es un secreto que la gasolina de Venezuela es lo que mueve esta zona fronteriza. No hay trabajo. Es ilegal, ¿pero usted qué prefiere ver un grupo de jóvenes trabajar con eso o ver un grupo de jóvenes armados atracando a la gente?

– Últimamente grupos delincuenciales quieren que los muchachos que trabajan en el contrabando les paguen cuotas, ¡la vacuna!, pero la gente se cansa de darles de comer a aquellos que no hacen nada. ¡La gente no tiene para comer aquí!

– Antes, como en los ochenta, todo esto eran cultivos. ¡De melón! ¡maíz! ¡yuca! Ahora está repleto de trochas y sitios del terror. Nadie cultiva.

– ¿Ya les hablaron de Juan Frío?
Ese lugar sí que era caliente…

– ¡El río Táchira estaba lleno de cadáveres! ¡A mi me salió un día un brazo mientras lo cruzaba! Por eso el gobierno junto con los paramilitares dieron la orden de desaparecer esos cuerpos y comenzaron a quemarlos en los hornos crematorios. Querían esconder lo que estaban haciendo. Era muy evidente.

Cerca de Cúcuta, a orillas del río Táchira, se encuentra esta vereda del municipio de Villa Rosario que limita con Venezuela. En 2001 por orden de Carlos Castaño y Mancuso, el Iguano -ex comandante del bloque Fronteras- se construyó un horno en Puerto Santander. Hernán, otro “capo” del paramilitarismo colombiano, hizo lo mismo en Villa del Rosario.

– Acá en el pueblo convirtieron ese antiguo trapiche abandonado en un horno para desaparecer gente. Con neumáticos quemaban los cuerpos. Sólo quedaban las cenizas. Desenterraron gente que habían asesinado hace tiempo y quemaron sus cuerpos.

– Me dijeron que el cuerpo de mi hijo fue quemado allí. Quiero recuperar aunque sea un hueso pequeño, un trozo, algo de él.

“LA FRONTERA ESTÁ
MILITARIZADA”

Rastrojos. Urabeños. Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Águilas Negras. Autodefensas Nortesandereanas. Bloque Frontera. Ejército Paramilitar Nortesantandereano (EPN).  Policía metropolitana de Cúcuta. XXX Brigada del Ejército Nacional. DIAN. Polfa. Migración Colombia. ELN. EPL. Los Pelusos. Los Canelones. Los Carteludos. Los Diablos. Los Cebolleros.

Ahora hay más de 60 trochas, caminos “ilegales” para cruzar mercancías por el río Táchira. Toneladas y toneladas de productos se pasan a diario de contrabando.

Todos son grupos armados, guerrillas o/y fuerzas públicas que frecuentan con sus labores la zona fronteriza. Cada uno con sus interés económicos y políticos y sus maneras de “deshacerse” de aquello o de aquel que les molesta. Todos controlan y deciden qué se pasa, por dónde y quién puede pasar por la zona fronteriza.

Además de los dos puentes, sólo en esta zona hay más de 60 trochas, caminos “ilegales” que se utilizan para cruzar mercancías de contrabando por el río Táchira. Toneladas y toneladas de productos se pasan a diario. ¡También personas!

– ¡Por acá pasan motos, carros, camiones, volquetas! ¡no hay  límites, cualquiera puede pasar! ¡También hay buses que te llevan a otros países directos y sin pasaporte!

Para cruzar por estos caminos no necesitas pasaporte, pero ¡cuidado! porque todas las trochas están controladas y reguladas por los grupos armados constituyéndose como un mercado paralelo muy lucrativo, que no cualquiera puede (o debiera) caminar.

– ¡Hace ya tiempo hubo un encuentro entre todos los grupos y las guerrillas, se reunieron y se repartieron las trochas y los horarios de paso! ¡Todo está controlado por ellos! Por ejemplo, ¡Por acá en Juan Frío es mejor no pasar por esta carretera de 2:00 am a 11:00 am, pues está llena de los camiones del contrabando! ¡Uno no se los quiere cruzar!

 ¡Peligroso! Las cifras de desaparecidos no dejan de crecer en la frontera.

– Algunos son acusados de no pagar cuotas, otros de no cumplir con lo pactado, otros de ser miembros de guerrillas… por cualquier cosa te borran del mapa. Y los cuerpos aparecen en ambos lados de la frontera.

Es difícil estimar cuánta gente ha desaparecido en esta frontera, a cuánta gente habrán asesinado, torturado, violado, descuartizado, quemado… Apenas hay datos “oficiales”, de alguna forma pareciera que las Institución no tienen interés en saber.

Otro agravante al desconocimiento y al aumento de las desapariciones es que no hay apenas diálogo sobre este tema entre Colombia y Venezuela. Ninguno reclama los cadáveres. Lo que implica por ejemplo que muchos cuerpos de colombianos estén en fosas comunes enterrados como NN en los cementerios de Ureña o San Antonio de Táchira.

Cuando se vuelve nunca se sabe bien hacia dónde se va…

– ¡Por favor, no me vayan a subir chatarra! ¡A quien molestan es a mí!

– ¿Qué lleva en la bolsa? pregunta la guardia venezolana que acaba de subir al bus que recorre de Rubio a San Antonio de Táchira. – Ropa. – Bien siga. – Y usted, levántese la camisa. – ¿Qué lleva en la bolsa? – Dinero.- Salga fuera. La guardia revisa su equipaje fuera del bus. A los minutos sube. Arrancamos de nuevo. – ¿Por qué levantarse la camisa?Por si llevo carne o cualquier otro contrabando atado a mi cuerpo. Muestra la bolsa. Bajo el dinero hay unas latas de sardinas e hilos de cobre para vender como chatarra. 

 

– Acá no se recicla, al otro lado la compran. ¡Aluminio! ¡Cobre! ¡Cartón!

1 kg de chatarra en Cúcuta son muy pocos pesos pero al cambio en bolívares las ganancias son muchas. Y más si es en puntos. – ¡Yo hago esto todos los días! – Sólo paso un kilo, pero por las trochas se pasan toneladas. – Todo lo que usted se imagine, pero yo no voy por allá, es peligroso. A este lado la guardia nacional venezolana y en el colombiano ¡Ja, todos los grupos armados! – ¿Y ese dinero? En la mano unos pocos billetes – Era para pagar a la guardia para que me dejará pasar la chatarra pero es tan poco lo que llevo que no lo ha querido.

– Acá no se entiende nada.
– Ah, entonces ya empiezas a entender lo que pasa acá.

El río Táchira configura naturalmente la frontera entre Colombia y Venezuela. Décadas de comercialización de mercancías. Desplazados de un lado y de otro. La violencia hizo que miles de colombianos buscaran refugio en Venezuela. Ahora miles de venezolanos cruzan el río a diario. Van y vuelven, vienen y van, reflejando el despropósito de un saqueo, una muerte anunciada de un modelo económico que en cualquier momento puede sucumbir a si mismo, el capitalismo más voraz inserto en las lógicas de poder e intereses internacionales que buscan provocar esa confusión y decepción para que en nuestra cotidianidad no entendamos nada.

Y todo ello con el único fin de seguir con el despojo de los recursos naturales. El despojo a la vida no tiene fronteras.

Simón Bolívar soñó con una Gran
Colombia, una sola nación.

Unión – Unión se lee en una gran placa a la entrada a Venezuela y al inicio de esta crónica.

Pero, ¿qué es lo que nos une hoy?
¿y qué es lo que nos debería de unir?

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