Escribió Eduardo Ruiz Sosa que la palabra «óbito», que proviene del latín obitus, «muerte, fallecimiento», se compone del prefijo ob-, que significa «enfrente, en contra», y del verbo ire, que significa «ir, irse». Por lo que una forma de traducir obituario sería «en contra de irse». Es decir, que referirse a la muerte es situarnos en una «lucha en contra de irnos de este mundo».

A partir de ecos y coincidencias espaciotemporales, lo que se narra a continuación es un intento de traspasar la escritura de la esquela para analizar la situación actual de violencia a través de la lucha de quienes fueron asesinados y asesinadas en el norte del Cauca en tiempos de posacuerdo, recurriendo para ello a relatos etnográficos de sus entierros y al análisis político que su lucha en contra de irse devela. Una cronología crítica en tiempos en los que la política de muerte gobierna más que nunca, queriéndonos acostumbrar a que los muertos son el atrezo para los discursos presidenciales que reducen peligrosamente la violencia a un simple desafío criminal.

«La noticia esta en el poema, en lo que sucede en el poema […] Pero informar sobre este acontecer requiere un reportero capaz de entender lo que sucede en un poema, en un cuadro, en una sotana, de igual manera que informar sobre un acto político requiere un reportero capaz de entender el juego político».

Ezra Pound

i.

El TIEMPO y sus coincidencias para comprender la violencia.

TIEMPO

1. m. Duración de las cosas.
2. m. Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro.
3. m. Oportunidad, ocasión o coyuntura de hacer algo. A su tiempo. Ahora no es tiempo.
4. Tempestad duradera en el mar.
5. Posibilidad de volver atrás y volver adelante al mismo tiempo, para producir un constante presente.
6. Dice Beatriz Salo que siempre se escribe en el presente sobre el pasado.

[Adecuaciones a la definición del Diccionario de la Real Academia Española]

Recuerda, dice otra vez. Tres días después de su toma de posesión, en una nueva puesta en escena del poder militar del Estado, Abelardo de la Espriella ordenó su primer bombardeo en el Catatumbo, en plena afectación por uno de los mayores terremotos que ha sufrido el país en los últimos tiempos. Dos días antes del 4 de septiembre de 2026, el nuevo presidente caminaba bajo los focos mediáticos entre dos filas de 24 cadáveres dispuestos ordenadamente de manera calculada en el suelo, celebrando la Operación Azarías, desarrollada en el Guaviare contra las llamadas disidencias de las FARC bajo las órdenes de Iván Mordisco. Dos días antes de aquello, Medicina Legal confirmó que en el anterior bombardeo, el del 27 de agosto, también en el Guaviare, pero contra las disidencias al mando de alias Calarcá, entre los muertos había tres menores de edad. Ese mismo día, 4 de septiembre, Medicina Legal confirmó que al menos dos de los cuerpos dispuestos en el suelo eran menores de edad.

Recuerda, dice otra vez. La violencia altera el devenir del tiempo. El 4 de septiembre de 2012 se anunció oficialmente el inicio formal del proceso de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP. Catorce años después, y cuatro días antes de aquello, otra líder indígena ha sido asesinada en Cajibío, Cauca, María Ovidia Palechor junto a su compañero, James Flor, justo el año en el que se cumplen los diez años de la firma de los Acuerdos de Paz en La Habana. Tiempo en el que transcurrieron cinco años y cinco días entre dos asesinatos que nos devolvieron al mismo cementerio en Caldono, el de la gobernadora indígena Sandra Liliana Peña y el de Florinda Camayo. Tiempo en el que quien lideró el juicio indígena a los perpetradores del crimen de Sandra Liliana, Fredy Alexander Bomba Campo, fue asesinado dos años después, y, otros dos años, pero antes, otra líder indígena, la mayora Carmelina Yulé, fue asesinada en Toribío, muerte que llevó al gobierno anterior a suspender el cese al fuego con las estructuras armadas de las disidencias de las FARC en el marco de la Paz Total. Y, otros dos años antes, fue asesinada otra autoridad indígena, Cristina Bautista, junto a cuatro guardias indígenas: Asdrúbal Cayapú, Eliodoro Finscué, José Gerardo Soto y James Wilfredo Soto, muertes que marcaron una fractura en el movimiento indígena evidenciándose la pérdida de gran parte del control territorial. Y, el mismo año que Sandra Liliana, pocos meses después, en junio, fue asesinada de madrugada otra mujer, otra autoridad indígena, Argenis Yatacué, junto a su compañero, Marcelino Yatacué. Apenas dos días antes, Beatriz Cano, comunicadora comunitaria que había sufrido un atentado, en el cual también fueron asesinados Juan David Güegüe y Aleida Perafán, fallecía en el hospital. Y apenas siete meses después, asesinaron al referente de la guardia indígena, Albeiro Camayo, dejando un movimiento huérfano.

Recuerda, dice otra vez. Esto es solo una selección parcial de un tiempo en el que demasiados niños y niñas (y no tan jóvenes) del entorno de todas ellas pasaron a conformar las filas de un grupo armado legal o ilegal.

No hay «momento de quietud perfecta» diría Rosario Castellanos.

En la violencia no hay secuencias cronológicas lineales ni espaciales, sino una coincidencia de temporalidades; ecos tangibles en los que el trauma es parte del presente continuo. En el que las familias confluyen en la cotidianidad orgánica de terminar siendo, de una u otra manera, parte de la base o de las estructuras de una guerra que funciona como un sistema que se ejecuta a partir de órdenes, políticas y protocolos de operaciones, sin apenas fisuras. La muerte no es una «trágica consecuencia», sino el resultado de actos premeditados, calculados y deliberados por algo. Y, a veces, lo buscado es también la muerte en sí misma.

«¿Es posible quedar atrapado en los eventos y reaccionar sin saber por qué?», se preguntaba el antropólogo Michael Taussig en “Ley en una tierra sin Ley. Diario de una limpieza en Colombia”. «Más adelante miras hacia atrás y encuentras una razón, si quieres, pero esta raramente le hace justicia a la manera en que quedaste atrapado en un principio».

Porque cuando el tiempo nos aleja del quiebre, el lenguaje se reconfigura y el ritmo que conducía nuestros discursos cambia para tratar de entender, buscando la información inadvertida que se ha ido guardando en la memoria. El lenguaje que viene después.

ii.

Cuando nombrar a los muertos es una constante en tiempos de posacuerdo

En estos diez años, sus nombres han llegado a los diarios de circulación nacional, otros se han quedado en lo local, aislados unos de otros en la frialdad calculada de la estadística. Nombres que comenzaron a apilarse tras la firma de los Acuerdos de Paz de 2016 entre las FARC-EP y el gobierno colombiano. En un intento por cuantificar el sufrimiento irracional y domesticar numéricamente la atrocidad, los listados vuelven a comenzar de cero en tiempos de posacuerdo. Casi como los análisis al respecto, los cuales hoy se centran en la negación de un conflicto armado nacional, reduciendo la amenaza a un problema de criminalidad y terrorismo financiado por el narcotráfico y la minería ilegal. Así quedó plasmado en uno de los eslóganes de la campaña de Abelardo de la Espriella, «Firme por la Patria», cuya propuesta de seguridad se basa en que «no hay conflicto armado, hay crimen organizado y narcoterrorismo». Metarrelato hegemónico que convive, a su vez, con ciertas teorías sobre la existencia de una multiplicidad de conflictos locales o con la tesis de la internacionalización del conflicto armado desde tiempos del Plan Colombia, junto con visiones más explicativas de confrontaciones territoriales marcadas por actores transfronterizos y conflictos binacionales. Un mapa de guerra fragmentada y asimétrica en el que hay que entender también qué clase de conformidad hace posible su permanencia.

Cada vez se hace más difícil nombrar o, más bien, saber qué queremos nombrar. De las alteraciones del orden público o el «bandolerismo» de mediados del siglo pasado, se pasó a hablar de una guerra irregular con el foco puesto en la «amenaza comunista», la «guerra subversiva» y la construcción del «enemigo interno», todo bajo la influencia de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Época que dio paso a la denominación del «conflicto armado interno», lo que abrió la posibilidad a ciertos procesos de negociación en los gobiernos de Betancur, Gaviria y Pastrana. Con el cambio de siglo, el lenguaje de la «amenaza (narco)terrorista» tomó fuerza: el país ya no estaba en guerra, sino que estaba siendo «atacado por criminales». Alineada con las políticas internacionales, la gramática del poder trajo nuevas categorías: «carteles del narcoterrorismo» y «grupos terroristas». Posteriormente, un nuevo lenguaje ofreció la posibilidad de los Acuerdos de Paz de 2016, bajo la consigna de un conflicto armado interno que «acababa con la guerrilla más antigua del continente», en un territorio que ya estaba imbuido en el narcotráfico y el despojo, e inundado de una compleja pluralidad de bloques, frentes y grupos armados en alianza con fuerzas políticas y económicas locales.

No hay duda de que en la actualidad una proporción grande de los paramilitares ya se han removilizado, conformando una diversidad de agrupaciones, que se ha ido consolidando alrededor de un proyecto más nacional, las Autodefensas Gaitanistas de Colombia que como analiza el profesor Francisco Gutiérrez Sanín se han convertido hoy en un ejército, y de agrupaciones más locales que «en diferentes medidas logran apropiarse del legado de una variedad de jefes y patrones paramilitares en sus respectivas áreas de influencia». Por otro lado los Acuerdos de Paz dieron origen a dos disidencias, por un lado la Segunda Marquetalia y, por otro, el Estado Mayor Central, quienes compiten entre sí, y también se van fraccionando. A todos estos actores armados se les suma, quien ya parece ostentar ser la guerrilla más antigua del continente, el ELN.

Separación categórica de nombres y siglas que tiende a ocultar las hibridaciones entre sí. En este sentido, el profesor Gutiérrez continúa su análisis: «integrantes de las guerrillas y criminales comunes, a veces miembros de las agencias de seguridad del Estado, se funden en una sola fuerza o al menos actúan de consumo para capturar rentas». La guerra siempre es costosa.

La economía ilegalizada de la hoja de coca o de la planta de la marihuana, en determinadas regiones, está diseminada por todo el territorio al punto de haberse convertido en el motor de la economía regional, tal como sucede en el norte del Cauca. Por lo que erradicar un cultivo tiene consecuencias directas no sólo para las rentas de los grupos armados sino también para la vida de una gran parte de las comunidades.

Ante este escenario, los listados numéricos terminan teniendo su relativo protagonismo en tiempos de pacificación. Listados que, además, se fraccionan según quién cuenta y cuál es la categoría que define el detalle de vida que te permitirá estar en uno, en otro o en ninguno. Listados para líderes sociales o defensores de derechos humanos; la Fiscalía registra más de 1.300 asesinatos mientras que las organizaciones sociales ya reportan más de 1.800. Solo en 2025 se cifran en 196 los asesinados. Listados de eventos de desplazamientos forzados, se reportan más de 311.681 eventos para el 2025. Listados de feminicidios y de reclutamiento de menores. El informe de Desarmonías Territoriales en Çxhab Wala Kiwe para el primer semestre de este año cifra en 67, reconociendo el subregistro. Listados de masacres, 740 con casi 3.000 víctimas. El Ministerio de Defensa cifra para 2025 en 90 las masacres con 315 víctimas, y para lo corrido de este año, 59 con 214 víctimas. Listados de firmantes del Acuerdo de Paz asesinados, son ya casi 500. Cifra de municipios con presencia de fuerzas ilegales, a finales de este año, las estimaciones datan en 530 municipios (casi la mitad de los municipios del país).

¿Los números insensibilizan? ¿Evaden nuestra empatía en el deseo de contar la realidad cuantificándola? ¿Hacia qué interpretación de la violencia nos llevan? ¿Cuál es la repercusión política de cada cifra?

Las noticias se hacen eco de estos listados. Algunos de los asesinatos son descritos con más detalle que otros; detalles que por lo general se repiten, aunque con ciertas variaciones para acercarnos a la historia de quién era, cómo era o qué hacía. Si bien, lo que suele haber menos son los intentos de encontrar las conexiones y sus explicaciones, y menos aún los de analizar los hechos desde más de un ángulo político. ¿Por qué hicieron esto? ¿Qué está pasando, qué sentido tiene? ¿Por qué en este lugar y no en aquel? ¿Cómo se relacionan los asesinatos entre sí?

iii.

OBITUARIOS

«La muerte no es la muerte, es un muerto»

Jordi Villaronga

María Ovidia Palechor y James Flor [ ∞ 1 de septiembre de 2026]

Un lunes. En su casa en el corregimiento de La Pedregosa, Cajibío (Cauca), hombres armados dispararon arrebatándoles el futuro que ya no tendrán. El esquema de seguridad había acompañado a María Ovidia hasta su casa, se suponía que ya segura cenaría y dormiría junto a su compañero James. Pero a la mañana siguiente sus cuerpos fueron encontrados sin vida por una comunidad que ya ha incorporado demasiado la violencia a su cotidianidad. Se volvió rutina para los pueblos del suroccidente colombiano volver a casa después de cada entierro y soportar la amargura del vacío, cuando otro, otra compañera es asesinada.

Sandra Liliana Peña [ ∞ 20 de abril de 2021]
Florinda Camayo [ ∞ 25 de abril de 2026]

Un martes y un sábado. Entonces sucedió de nuevo. Que cosa tan difícil es el tiempo. Antes y después otra vez. Volvieron a dar la noticia de otra mujer asesinada:

20 de abril de 2021 En el Cauca los hechos de violencia no paran. La gobernadora del Resguardo Indígena La Laguna Siberia, ubicado en el municipio de Caldono fue asesinada por hombres armados. (Noticias Caracol)

Sandra Liliana Peña Chocué viajaba en su moto acompañada por un guardia indígena, Avelino Ull, quien también resultó herido y a los pocos meses falleció.

25 de abril de 2026 ¡Dios mío bendito la magnitud de eso! Aquí está, es la imagen del día, el ataque con explosivos contra la población civil ordenado por el narcoterrorista más buscado del país alias Iván Mordisco en el sitio del túnel de Cajibío, Cauca. (Noticias Uno Colombia)

Dos días después de esta última noticia, el 27 de abril, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses informó que había culminado el proceso de abordaje, identificación y entrega a sus familiares de los 20 cuerpos de las víctimas del atentado perpetrado con explosivos en la vía Panamericana. El penúltimo nombre de la lista era: Florinda Camayo Méndez. Al poco, la cifra de muertos ascendería a 21.

¿Qué une estas muertes? Las une la forma de su muerte, disparos o una explosión a manos de otro. Las une quedar atrapadas en el relato de sus perpetradores. Las une esa materia que se lleva memoria, el desasosiego, la pena y la rabia. De una muerte a otra transcurrieron cinco años y cinco días, entre la gobernadora Sandra Liliana y Florinda, y 128 días más para el asesinato de la líder yanacona María Ovidia y de su compañero, el líder campesino James, quienes vivían en Cajibío, al igual que Florinda, quien fue enterrada en el mismo cementerio que Sandra Liliana. Por eso hubo ojos que compartieron la mirada a los féretros. Rostros que se reconocían en el tiempo, en la proximidad.

Dicho cementerio es el de La Laguna, Siberia, ubicado en el resguardo indígena Pizx Ukwe, perteneciente al territorio ancestral de Sat Thama Kiwe, entre los municipios de Caldono y Piendamó, en el departamento del Cauca.

La muerte violenta de una persona, en una comunidad pequeña, siempre es una conmoción en los diversos momentos de la vida y en las relaciones afectivas. La noticia del asesinato de Sandra Liliana Peña –al igual que lo será años después la de María Ovidia– movilizó a cientos de personas que llegaron de los diversos territorios indígenas del Cauca durante los días previos a su siembra (entierro). Al día siguiente de su muerte, las 127 autoridades en junta directiva extraordinaria del Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, activaron la Minga Hacia Adentro para «hacer control y limpieza territorial». Un llamado a la comunidad a juntarse en una misma acción colectiva.

La familia de Florinda Camayo, junto con amigos, vecinos, gente que se había acercado y unos pocos miembros del cabildo, esperaba en el cementerio la llegada del cura. Los niños jugaban con globos blancos; las cosas mundanas son las que resisten en mayor fuerza al olvido. El tiempo pasaba. El cura venía desde Puerto Tejada y ese día, 28 de abril, esta vez, la Minga por la Vida, la Paz y el Territorio había movilizado a las comunidades indígenas y a los sectores sociales del norte del Cauca en rechazo a los hechos de desarmonía y violencia presentados en el Cauca y en el Valle del Cauca –entre ellos la propia muerte de Florinda–. Durante la concentración, que implicó la congestión de las carreteras, se leyó el posicionamiento político en un acto simbólico para hacer presencia con el cuerpo en el territorio y reclamar el cese de la violencia.

Desde ese tiempo, la voz de alerta se amplificó para María Ovidia y James. Un día antes de esa misma concentración, Caracol Radio entrevistó a María Ovidia para conocer cómo estaba la situación: «El hecho sucede, salen los comunicados, todo el mundo habla del hecho, que es gravísimo. No hay palabras para describir lo que sucedió allí, pero el territorio de paz [La Pedregosa] que ha sido el más afectado, el que ha colocado más víctimas, el que está en crisis no hemos sido abordados por ninguna institución; nadie nos ha visitado, nos ha preguntado, nada».

Siguiendo a Pilar Calveiro, Marisol García Walls, «apunta una diferencia entre el testimonio y el relato histórico: este, por un lado, recupera procesos totales y busca instituir héroes. Por el contrario “los testimonios constituyen relatos fragmentarios con protagonistas individuales que ni pretendían constituirse en héroes ni relatar historias heroicas”. Narradores y a la vez protagonistas involuntarias de su propia historia, las víctimas solo pueden contar algo que por siempre será el fragmento de una otra cosa.»

La Minga por la Vida, la Paz y el Territorio fue en el corregimiento de Pescador, sobre la vía Panamericana. En Pescador, justo aquí, casi dos años antes, los grupos armados asesinaron a Andrés Ascué Tumbo, más conocido como Lobo, un joven guardia indígena con la fuerza del liderazgo, comprometido con la defensa de su territorio. Eso ocurrió el 29 de agosto de 2024.

Hacia Pescador se dirigía en moto Sandra Liliana Peña cuando siete proyectiles impactaron en su cuerpo. Otro más impactó en su chonta de autoridad, bastón de mando que portaba como gobernadora.

Por Pescador pasó la Minga hacia Adentro, aquel 22 de abril de 2021, cuando cumpliendo con lo pedido por Sandra Liliana, aunque oliese feo no se la sembrara hasta que se continuara con lo que ella comenzó: rechazar la presencia de actores armados al servicio del narcotráfico y luchar contra la desarmonía que los cultivos de uso ilícito producen en los territorios indígenas.

Los analistas categorizan este lugar como hotspot, esa zona geográfica que registra una acumulación inusualmente alta de hechos de violencia en comparación con otros lugares. Los literatos, como Eliseo Diego, escriben que no es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio . Y donde escriben «nacer» podemos leer «morir».

Antes de la explosión de abril y, por tanto, de la masacre, más de 30 hechos, acciones, violaciones de derechos, ocurrieron en esos días previos a las elecciones en el suroccidente colombiano cometidas por los frentes Dagoberto Ramos, Jaime Martínez, Carlos Patiño, Adán Izquierdo y Franco Benavides de las disidencias de las FARC-EP:

Viernes 24 de abril, en Cali: ataque con cilindros bomba al Batallón Pichincha. Ese mismo día, en Palmira: atentados con artefactos contra el Batallón Agustín Codazzi. Ese mismo día, en Miranda: hostigamientos armados a puesto de control policial en la vía Miranda-Corinto. Ese mismo día, Corinto: ataques con ráfagas de fusil contra base militar. /// Sábado 25 abril, en Corinto: de nuevo hostigamientos a la base militar con explosivos artesanales. Ese mismo día, en Jamundí: registro de múltiples detonaciones. Ese mismo día, en Taminango: lanzamiento de tres explosivos contra la estación policial de Remolino. Ese mismo día, en ese mismo lugar: detonaciones de carga explosiva. Ese mismo día, en Mercaderes: ataques con explosivos contra tres chivas. Ese mismo día, en el Patía: explosiones cerca al Batallón de Instrucción en el sector de El Estrecho. Ese mismo día, en Jamundí: hostigamientos con fusil contra la subestación de Policía de Potrerito. Ese mismo día, en El Tambo: lanzamiento de ocho artefactos explosivos mediante drones en Santana. Ese mismo día, en Popayán: ataque con dron y artefacto tipo “tatuco” contra el helipuerto de la Tercera Brigada. Ese mismo día, en Miranda: incineración de dos trenes cañeros en la vereda Santa Ana. Ese mismo día, en ese mismo lugar: abandono de cilindro bomba en el sector Guatemala, vía a Corinto. Ese mismo día, en Padilla: hostigamientos contra la estación de policía por sujetos en motocicleta. Ese mismo día, en Guachené: activación de vehículo con cilindros bomba cerca de base militar e ingenio La Cabaña. Ese mismo día, en Corinto: instalación de volqueta con explosivos y cilindros en la vía hacia Miranda. Ese mismo día, en Cajibío: instalación de retén ilegal por hombres armados en el sector El Túnel. Ese mismo día, en Jamundí: hostigamiento con fusil y drones explosivos contra la Policía en Robles. Ese mismo día, en Cajibío: explosión masiva en la vía Panamericana, sector El Túnel. Ese mismo día, en Caloto: incineración de vehículos de carga en corredor vial del municipio. Ese mismo día, en El Tambo: ataque incendiario y hurto de dinero en estación de servicio. Ese mismo día, en el Patía: ataque armado contra la estación de Policía en Piedra Sentada. Ese mismo día, en Suárez: lanzamiento de tatucos contra el batallón en sectores La Estrella y El Amparo. Ese mismo día, Palmira: detonación de artefacto explosivo en estación de servicio en Rozo. // Domingo 26 abril, en Argelia: atentado con vehículo bomba y drones en el corregimiento El Plateado. Ese mismo día, Jamundí: Quema de camión de carga sobre el puente hacia Robles y Villa Paz. // Lunes y martes, 27 y 28 de abril, en Taminango: ataque explosivo contra el puente del río Mayo y cilindros en la vía Panamericana. Ese mismo día, Dagua; incineración de tres vehículos en el sector El Limonar, vía a Buenaventura. Ese mismo día, en Villa Rica, desactivación de 3 artefactos explosivos en la vía principal frente a la zona franca. /// Las lista continúa.

(Elaboración propia a partir de noticias de prensa, comunicados ACIN e Indepaz)

iv.

La violencia es geografía.

Una caravana de chivas y camionetas se dirigió aquel 22 de abril de 2021 a unos predios cultivados en tierras del resguardo indígena nasa, donde se procedió a arrancar la mata de coca sembrada para el narcotráfico, además de destruir varios semilleros. La comitiva estaba compuesta por autoridades, la guardia indígena y sobre todo, por la comunidad: niños, niñas, ancianos… todas fuimos recibidas con disparos. 31 fueron los heridos.

«Hombres fuertemente armados atacaron movilización indígena en el Cauca» fue el titular de Colombia Informa ese jueves sobre cómo es recibido quien plantea algo distinto al orden impuesto. El titular podría haber sido también: «Las palabras deben tomarse en serio» como insiste la escritora Toni Cade Bambara, o más bien, «Las palabras ponen las cosas en marcha». Porque lo cierto es que al despertar esa misma mañana, entre las conversaciones sobre lo soñado y las rutinas del día en el cabildo de La Laguna Siberia, un mensaje telefónico recibido por uno de los guardias confirmó lo que vendría a pasar: - Ya están comenzando a rodearnos.

La amenaza está presente en la posibilidad de hacer algo, conllevando a menudo la misma respuesta, la posibilidad de otra muerte: – Tengo dos hijos. Vivo aquí. Y después de hoy, cada vez que vea una moto, alguien se me acerque sé que voy a tener miedo. No quiero que me maten.

Los últimos datos oficiales con corte de diciembre de 2025 registran en Colombia 258.144 hectáreas de cultivos de hoja de coca productivos, lo que equivale al 0,23 % del territorio nacional, según el sistema satelital SIIMA de la Policía Nacional. Caldono no está considerado como enclave principal de cultivos para uso ilícito, pero sí otras zonas cercanas como El Tambo, Argelia, o más recientemente el enclave Timba-Jamundí-Buenos Aires.

¿Qué significa vivir en función de la lucha económica por sobrevivir en este contexto?

El lugar conocido como Caimito fue aquel día el epicentro de la erradicación de la mata de coca por la comunidad. Una acción concreta, simbólicamente poderosa. Para algunos era la primera vez que caminaban por estos terrenos; pero para otros, estos son bastante cotidianos. Más de uno, sin ser demasiados, de quienes erradicaban esa mañana la mata de coca, regresarían los días siguientes para rasparla.

Es un error pensar que la lucha se agota en las reacciones. Combatir la expansión del narcotráfico exige disputar la economía que lo produce. La contradicción se presenta en la precariedad normalizada y en la desprotección de un Estado.

Aquel día quien lideró gran parte de la minga de erradicación fue Albeiro Camayo. El hijo de Evelia y Miguel Ángel, líderes de la recuperación de tierras en Buenos Aires. Un territorio donde la mata de coca para uso ilícito se extiende tratando de borrarlo todo hasta el origen, queriendo reescribir, ocultar que antes fue de otros cuya historia pareciera que ha de permanecer lejos. Sin embargo, lo que sucede es que en familias como los Camayo heredan esa historia en la que se recuerda como en las noches a mediados del siglo pasado, dormían en el monte para protegerse de los llamados “pájaros”, quienes actuaban bajo el mando de terratenientes, asesinaban a campesinos e indígenas que luchaban por sus tierras. Porque a estas habían llegado hacendados, colonos, terratenientes que al exigir unas escrituras de propiedad a las familias que no tenían, decidieron apropiarse de sus tierras y ponerlos a trabajar como terrajeros. Lo que significaba cultivar una pequeña parcela para vivir sirviendo al terrateniente varios días de la semana en su hacienda. Por ello comenzaron a recuperar la tierra: entrar, picar, sembrar y salir. Luego el terrateniente lo destruiría todo y así fueron 9 años para los padres de Albeiro, nueve años de amenazas, esconderse y dormir constantemente en el monte hasta que recuperaron sus tierras y pasaron a ser colectivas destinando a cada familia unas pocas hectáreas. Ahora en muchas de ellas, sigue habiendo café sembrado pero en una gran parte hay coca.

Albeiro Camayo [ ∞ 24 de enero de 2022]

No había transcurrido ni un año de la minga de erradicación, apenas estaba terminando enero. Dos meses antes y tres días, habían asesinado a su hermano, Marcos Camayo, mientras trabajaba en su cafetal; y tan sólo diez días atrás, un domingo en el que detectaron la presencia de miembros de la columna móvil Jaime Martínez, la guardia salió a realizar su control territorial, cuando abrieron fuego y asesinaron a Breiner David Cucuñame, un joven guardia de 14 años, y a Guillermo Chicame, cuñado de Albeiro, también guardia indígena y miembro del esquema de protección de Fabián Camayo, otro hermano, quien también resultó herido, cuando asesinaron cruelmente a Albeiro.

El día de su asesinato, de nuevo armados de la disidencia llegaron al pueblo, a Las Delicias, amenazando a la gente, convocando a una reunión. Albeiro, junto con otros compañeros guardias, salió para proteger, para que no se llevaran a más jóvenes.

En su velorio hubo una comunidad constante, de familiares, amigos, guardias que conversaron y tocaron música durante toda la noche, pensando juntos hasta la llegada del amanecer.

«El dolor que me invade no es tanto el dolor físico sino el dolor de ver cómo se está desangrando mi territorio. Cómo la guerra se ha trasladado a nuestro territorio, una guerra absurda. Mi hermano fue firme en decir que nuestros territorios nunca se van a prestar para los actores armados, para la delincuencia. No más prestar nuestro territorio para cultivos ilícitos. Creo que eso hoy le costó la vida a él. Y es que lastimosamente la comunidad ha visto el tema del cultivo ilícito como tema económico pero más allá del tema económico no han mirado las consecuencias que está causando en el territorio. Hace diez días dos compañeros fueron asesinados. Y no nos asusta el tema de las balas, porque tarde o temprano vamos a morir. El hecho es morir haciendo algo, dejando Historia como hoy lo hizo mi hermano. […] Muchas veces escuche decir que la Guardia no es para estar correteando a la guerrilla, que eso es tema de la Fuerza Pública, y yo les digo a estos líderes que hoy están pensando eso, entonces, ¿vamos a entregar nuestros territorios, los territorios que tanto les costaron a nuestros mayores recuperar? Las balas asesinas no van a poder silenciar el legado que Albeiro dejó».

Palabras de Fabián Camayo en un audio enviado desde el Hospital.

Su siembra fue multitudinaria; acudieron de muchos territorios para acompañar a la familia y darle el último adiós. Entre los asistentes estaba el padre de Breiner David, quien tiempo atrás tuvo que desplazarse debido a las amenazas. Porque quienes mataron a su hijo son los mismos con los que, hasta hace muy poco, jugaban a fútbol juntos. Este es el mapa fragmentado asimétrico de la guerra; un intersticio donde todo puede encontrarse y donde todo puede mezclarse. La violencia se expande, abierta y enredadamente. Conviviendo, a la vez, demasiadas capas de realidad.

«Hoy Albeiro se paró en la raya a hablar del narcotráfico y a hablar de grupos armados y miren donde está. Igualmente le hacemos el llamado a los grupos armados. Sé que aquí están. No hablen de lo que no saben. No hablen de Revolución cuando ustedes no saben qué es la Revolución, porque eso ya no existe. La Revolución es amarse unos a otros, pensar en el otro, pensar en el bienestar del otro, educar a la gente, orientar a la gente. La Revolución no es incitar a la gente a sembrar cultivos de uso ilícito. La Revolución no es decirle a la gente que siembre para que me mantenga. Hoy les hacemos la invitación de parte de los Kiwe Thegnas, igualmente a las Autoridades porque sabemos que hay Autoridades que están metidas en este cuento, los invitamos a todos a que continúen en este ejercicio y van a tener todo nuestro respaldo, vamos a avanzar, vamos a continuar, vamos a apoyar. Pero también le pedimos a nuestros líderes que vivan para el proceso y no que vivan del proceso. Porque tenemos muchos líderes que se ha acostumbrado a echar lengua y a vivir del proceso».

Palabras de un Kiwe Thegnas durante la siembra.

No habían transcurrido ni diez días de aquello cuando la cronología crítica seguía creciendo. El 3 de febrero asesinaron a dos jóvenes, Samir Rosero y José Manuel Rosero, del Resguardo de Alto del Rey en el Municipio de El Tambo, a la salida de un partido de fútbol. Y al día siguiente, el 4 de febrero, en la velación de los dos jóvenes, a eso de las 8 de la noche, asesinaron a otro guardia indígena, Ovidio Alemeza Llantes, quien estaba acompañando a la familia. La violencia no aparece de un minuto a otro. No estalla.

Sino que cae despacio, haciendo nudos y amarrando a la gente.


Pero volviendo a aquel 22 de abril, varios trabajadores de los cultivos fueron capturados durante la minga de erradicación. Seis de ellos fueron juzgados dadas las evidencias directas con los disparos. Todos se acogieron a la Jurisdicción Indígena cuyo mandato, tras la decisión acordada en asamblea por la comunidad, fue la aplicación del remedio: una serie de juetazos espirituales ante los ojos de los presentes. El juete es el rayo. Rápido, sin casi ser visto, golpeará en la parte inferior de sus piernas, para extraer la mala energía, para armonizar. Para sanar el desequilibrio.

Tras la aplicación de los primeros juetes, por lo general se necesita la ayuda para sostenerse en pie. Ya casi al final, a un joven muchacho, el guardia indígena que lo sostiene le habla en nasa yuwe. Él otro lo comprende a la perfección.

No hay batalla que se sostenga si se ignoran las condiciones materiales necesarias para la vida. No hay convivencia posible sobre un estado de precariedad extendido en el tiempo. Ni paz que resista cuando existir se vuelve un ejercicio de supervivencia.

Además de los juetes, el mandato de la comunidad en el juicio fue el aviso de que debían abandonar el territorio. Posteriormente, se procedió a la quema de todo el material incautado.

28 de abril de 2026. La explosión en la vía Panamericana destruyó varios vehículos y causó un enorme cráter en la carretera. Nuevos detalles de este hecho. En imágenes quedó en evidencia la cantidad de escombros, restos carbonizados y las estructuras colapsadas tras la detonación. (El Tiempo)

La transmisión de contenidos implica ser golpeado por las imágenes. Por la realidad con la que tanto la noticia como el terror funcionan. Y funcionan dependiendo de la capacidad de una sociedad para recibir críticamente la información y detectar la manipulación emocional.

Esperando en el cementerio de La Laguna, resguardadas del calor y a momentos de la lluvia, las conversaciones surgen y la pregunta insiste, ¿cómo fue que pasó?

El esposo de Florinda estaba también allí cuando todo explotó. Pero por azares, destinos o decisiones, él no subió a la chiva con ella, sino a una camioneta. Como muchos otros, habían ido a mercar; él llevaba consigo unos bultos de cemento y otros materiales de construcción para trabajar en su finca en Cajibío, a tan solo unos 30 kilómetros de Popayán. Él fue quien la encontró herida a ella entre el caos y el miedo. Juntos llegaron al hospital. Recuerda que ella le habló, aunque el diagnóstico final indicaba que los órganos con la explosión se habían reventado por dentro.

¿Cuáles son las palabras y las formas para decir aquello que necesitamos para vivir ahora?

- Yo podría haber muerto también. Lamenta constantemente. Y repite tratando de buscar la explicación a cómo es que no se subió ese día a la chiva, por qué Florinda no fue ese día con él. Por qué se retrasó. Por qué se adelantó. Por qué ella y no él.

28 de abril de 2026. El atentado se desarrolló en varios momentos, según los testimonios y reportes de las autoridades y testigos. En primera instancia, los responsables se ubicaron en la vía Panamericana, a la altura de la vereda El Túnel. Allí atravesaron vehículos sobre la carretera, les dañaron las llantas e incluso realizaron pintadas alusivas a las FARC. En ese punto, advirtieron a los viajeros que no continuaran su recorrido porque más adelante había una situación peligrosa. Mientras un grupo quedó detenido, otro avanzó hacia el punto donde había sido instalado el explosivo. Fue entonces cuando se activó la segunda fase del ataque. En el sector, un artefacto de gran poder detonó justo debajo de una alcantarilla ubicada en la vía. Sobre ese punto transitaba un bus escalera [chiva], lleno de campesinos que regresaban de hacer mercado en Piendamó. (RCN Noticias)

Fragmentos de asfalto y partes de la chiva, así como de otros vehículos, volaron por los aires esparciéndose por la vía.

El cura seguía sin llegar al cementerio y, entre los silencios, las conversaciones seguían: – Mi hijo me contó cómo el otro día el conductor de la buseta no respetó ningún siga y pare. Por el lado contrario fue todo el camino sin parar. ¡Qué peligro!

- Esos conductores son un peligro. El conductor de la chiva se metió en cuanto vio que abrían hueco. Quiso ser el primero en pasar.


Debajo de una alcantarilla, cuentan que estaban escondidos los explosivos que detonaron, o fueron detonados, al paso de la chiva. La conversación continúa si estos eran destinados al ejército o no. Si realmente los activaron para escapar o si la intención siempre fue la masacre.

-Yo crucé poco antes de que el retén del grupo armado impidiera el paso y allí no había rastro del ejército. Nos narra una compañera a los días.

A María Ovidia, antes de asesinarla, ya le habían «avisado» la llamada disidencia que mejor estuviera callada. Que dejara de denunciar, de establecer acusaciones. De realizar nexos. De aludir que todo fue premeditado. A Albeiro no era la primera vez que lo intentaban asesinar, las amenazas se le acumulaban una sobre otra. Al igual que Sandra Liliana, quien también había sido amenazada en múltiples ocasiones.

v.

Territorios sitiados por la burocracia de las armas

La militarización del Cauca se ha intensificado en el último tiempo, concentrándose especialmente en el cañón del Micay, Suárez y la vía Panamericana. En el anterior periodo de gobierno bajo la presidencia de Gustavo Petro se desplegaron miles de efectivos adicionales, además de incorporar tecnología como dispositivos antidrones y reforzar con más policía los cascos urbanos y las unidades especiales Gaula.

«La gente en el Cauca no está sola, por eso vamos a militarizar la zona y enfrentar esos grupos armados ilegales»

Ministro de Defensa, 23 de diciembre de 2023.

La militarización es una tendencia global que no nos protege de la extinción, sino que la acelera. El gasto en defensa de Colombia ha crecido en un 20 % entre 2014 y 2024, manteniendo una participación promedio del 3,3 % en el PIB, según datos del Ministerio de Defensa. En el gobierno presidido por Petro, los datos oficiales publicados contabilizan 1.697 combates en todo el país entre la Fuerza Pública y las estructuras delictivas. Lo que equivale a un combate casi cada 20 horas que, según los datos de este mismo ministerio, llevó a «neutralizar a cerca de 16.000 integrantes de grupos armados organizados ilegales».

Y mientras esta información se hacía pública, era junio de 2026, los medios de comunicación hablaban de la existencia de diversas estructuras criminales que sumaban un total de 25.278 miembros incluyendo combatientes y redes de apoyo. El Estado Mayor Central, EMC, estaría en torno a los 3.900, 4.000 miembros.

La militarización no implica solo el despliegue físico de tropas con sus respectivas armas, sino una maquinaria narrativa y territorial que normaliza la ocupación de los espacios y la deshumanización de los cuerpos.

Carmelina Yule [ ∞ 16 de marzo de 2024]

Un sábado. Otro nombre. Otra líder indígena. Otra mujer.

16 de marzo de 2026. Dos años del asesinato de Carmelina Yule, la mayora que le hizo frente a la violencia contra el pueblo Nasa. El 16 de marzo de 2024, la lideresa fue asesinada en Toribío, Cauca, después de intentar rescatar junto a la guardia indígena a un niño reclutado por el Estado Mayor Central, al mando de Iván Mordisco. Su muerte sacudió el tablero de la Paz Total y dejó ver los ataques sistemáticos que ejerce ese grupo armado contra la población de ese departamento.

Cuando la caravana fúnebre pasaba por el sector La Despensa, el frente Dagoberto Ramos de la disidencia de Mordisco mostró todo lo que implica la palabra “sevicia”: la estructura armada volvió a disparar ráfagas de fusil contra el féretro.
 (El Espectador)

Su asesinato sacudió a la comunidad y fue el detonante cuando la violencia ya no se puede esconder más, lo que llevó al gobierno de Gustavo Petro a suspender el cese al fuego con las estructuras armadas de las disidencias de las FARC al mando de Iván Mordisco, en medio de las negociaciones de paz en el marco de la política de Paz Total.

Tras las rupturas de dichas mesas de diálogo, este gobierno -en palabras de Camilo González de Indepaz, quien coordinó la delegación del gobierno con los voceros del Bloque Occidental- decidió “ «desplegar una ofensiva militar en el Cauca que se focalizó en el intento de control del cañón del Micay comenzando por el poblado El Plateado. Se lanzaron las Operaciones Perseo I y II, Operación Candado, Operaciones Huisito y Naya, y etc. La ofensiva de guerra total de las Fuerzas Militares en el Cauca ha contado con más de 9.000 efectivos, bombardeos en el Micay y otras áreas, aumento de las incautaciones de cocaína, captura de integrantes de los grupos armados, destrucción de instalaciones, muerte de algunos jefes, penetración de inteligencia, despliegue de 24.000 efectivos de las fuerzas armadas entre Buenaventura y Tumaco, operaciones de la naval, acciones coordinadas con la DEA y los asesores del Comando Sur de EE.UU. en el combate a los carteles mexicanos y otros que manejan las rutas por el Pacífico».

Sin embargo, a pesar de semejante presencia militar y de lo que la lógica belicista podría llevarnos a imaginar, Camilo González concluye: «al terminar el 2025 se contabilizaron más de 500 acciones violentas de los grupos armados en el Cauca, y no hay señales de disminución del control armado ilegal en las zonas cocaleras, de marihuana o de minería del oro».

Por eso también la alerta surgió con premura ya en los anuncios en campaña de quien terminará siendo el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, a pesar de las denuncias por fraude electoral dada las evidencias de irregularidades en las mesas electorales, las fallas en el software y la cuestionada participación de la multinacional Thomas Greg & Sons, entre otras.

«Vamos a recuperar la soberanía y a proteger a los ciudadanos de la delincuencia y el narcoterrorismo» (Caracol Radio)

«Bandido que no se someta, lo vamos a dar de baja. Luego no digan que no se los advertimos”. “No va a haber falsos procesos de paz” y sostuvo que “la única paz es la que se impone con las armas y las leyes de la República». (swissinfo.ch)

Amenazas. Advertencia. Una hoja de ruta marcada por la confrontación.

La violencia en el lenguaje, advierte Žižek, es la que desata la violencia en las calles, porque para que su presencia sea normalizada, es necesario que, desde el lenguaje, también se normalice la vida diaria atravesada por la presencia del ejército.

La amenaza del nuevo mandatario se cumplió el mismo día del terremoto, un lunes. Un lunes en la noche: «Compatriotas, 12 de la noche. En este momento acabo de culminar una importante reunión en el Ejército y mañana voy a tener grandes noticias para Colombia».

Ese mismo día, 10 de agosto, pero siete años antes, de nuevo la noticia fue el asesinato de dos guardias indígenas asesinados. Dos hombres. Uno de 23 y otro de 46. Kevin Mestizo y Eugenio Tenorio. Ambos viajaban en una chiva que transportaba a la guardia, y como en otras muchas ocasiones hombres armados dispararon causando la muerte de otros. Apenas nueve días antes del asesinato de estos dos guardias, el 1 de agosto, algunos medios se habían hecho eco también del asesinato en el sector de Pajarito, Resguardo de Huellas, Caloto, del Coordinador de la Guardia de la vereda San Julián de Toribío, Gersain Yatacue, y del asesinato, el 4 de agosto, en la vereda La Luz, también en Toribío, de Enrique Güejia Meza, médico tradicional y autoridad.

A su velación llegó Albeiro Camayo, entonces era coordinador de la guardia de la zona Norte y ya sabía que su «vida era tiempo regalado», «respirando aire prestado de otros». En el retrato de Kevin, apoyado sobre su ataúd, se podía leer: «Solo vale la pena luchar y vivir por lo que se está dispuesto a morir». La siembra fue al día siguiente en la plaza de San Francisco; fueron muchas las chivas, los carros, las motos y la gente a pie que llegó. Indignación, rabia y reconocimiento mutuo de la fuerza y unidad como pueblo. Los llantos más íntimos de dolor llegaron cuando se bautizó al hijo pequeño de Kevin; Después las palabras políticas, que se volverán consigna cuando quien las enunció también será asesinada apenas tres meses más tarde-, tomaron el micrófono Si hablamos nos matan, si callamos también nos matan, entonces hablemos. Ella era Cristina Bautista.

Cristina Bautista Taquinás [ ∞ 29 de octubre de 2019]

En Tacueyó, un martes, de nuevo hombres armados esta vez de la columna móvil Dagoberto Ramos dispararon contra ella, asesinando a su vez a los guardias: Asdrúbal Cayapú, Eliodoro Finscué, José Gerardo Soto y James Wilfredo Soto. Desde hacía tiempo Cristina venía oponiéndose a los cultivos ilícitos, clamando por la expulsión de los grupos armados de los territorios indígenas. Sus muertes marcaron un quiebre en el movimiento indígena evidenciándose la pérdida de gran parte del control territorial.

«La imposición de remedios para armonizar el territorio, el evitar el paso de materias primas y productos terminados para el narcotráfico, frenar el tráfico de armas, mediar en la liberación de personas que han sido secuestradas, evitar el tráfico de partes hurtadas de motos y vehículos, recuperar vehículos hurtados, realizar los levantamientos de cadáveres en lugares donde las instituciones estatales no pueden ingresar, evitar el reclutamiento de NNA, y demás acciones en pro del territorio, hacen de la guardia, las autoridades y las comunidades que los respaldan objetivos militares de los grupos armados ilegales financiados por el narcotráfico, presentándose ataques y atentados continuos que se dan justo después de ciertas actividades de control, situación que se advirtió de manera oportuna por la Defensoría del Pueblo en el oficio de consumación remitido a la CIPRAT el 9 de agosto de 2019». (DP-AT50, 2019).

Con la celeridad de las noticias el Ministro de Defensa, Guillermo Botero, tras la reunión del Consejo de Seguridad celebrada menos de una semana después del entierro en Popayán -justificada también en parte por los enfrentamientos que estaban sucediendo en la zona de Suárez- indicó que se enviaría «para reforzar la seguridad en el Cauca» un pelotón de 1350 militares más: 600 uniformados de una unidad especial antinarcóticos, 450 soldados que entrarán a engrosar las filas de la Tercera División del Ejército y otros 300 más como parte de un batallón especializado. La decisión fue tomada en contra de todos los posicionamientos propuestos en estos días por parte de las Autoridades Indígenas del Cauca que advertían que no estaban de acuerdo con más presencia militar en sus territorios, puesto que ésta no era ninguna solución sino que además traerá graves consecuencias para las comunidades.

El día después del 10, el 11 de agosto de 2026, según el nuevo ministro de Defensa, Jorge Eduardo Mora Rangel (hermano de uno de los oficiales vinculados al asesinato de Jaime Garzón), un operativo militar «impactó» búnkeres del ELN en el Catatumbo, lo que permitió la incautación de 440 granadas de dron. Si embargo, en un video, Silvana Guerrero, exnegociadora de paz del ELN, anunció que sus campamentos no se habían visto afectados. Además no hay evidencia fotográfica oficial de dichas granadas. Lo que sí hay es una denuncia de la población de que ellos han sido los afectados.

11 de agosto de 2026. En horas de la madrugada se registró un bombardeo por parte de la fuerza aeroespacial colombiana empleando aviones de combate y helicópteros para ametrallamiento en la vereda El Sinaí, jurisdicción del municipio de san Calixto, Norte de Santander, en límites con los municipios de Tibú y El tarra y Sardinata. El bombardeo se realizó de manera indiscriminada hacía viviendas de la población civil.Firman 22 organizaciones de derechos humanos

Las primeras bombas del nuevo gobierno vuelven a caer de nuevo sobre la población civil. Una avanzada que permitió inspeccionar las reacciones, para abrir el camino a dos bombardeos más, antes de cumplir su primer mes de gobierno. Un mes en el que alardean haber realizado 19.914 capturas, haber «neutralizado 23 cabecillas», haber decomisado 1.485 armas, erradicado 1.320 hectáreas de cultivos de coca para uso ilícito y ejecutado 52 extradiciones.

Los favores siempre se cobran. La primera visita de alto nivel recibida por el presidente Abelardo de la Espriella en su casa en Barranquilla ha sido la de Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, para pactar en menos de 24 horas una serie de acuerdos para restablecer dicen «la amistad y la cooperación entre países». En la rueda de prensa el presidente confirmó que Colombia ya hace parte del Escudo de las Américas, una coalición fundada por Trump con el objetivo de «enfrentarse a las redes del narcotráfico» y de nuevo su consigna: «Bandido que no se someta, le vamos a dar de baja. En una cárcel o en una tumba».

«Todos los discursos que escuchamos, son discursos que preparan el exterminio mutuo»

Franco Bifo Berardi.

Lo indecoroso, lo excéntrico, lo irrespetuoso, el narcisismo, las provocaciones y la fanfarronería ya son parte del nuevo repertorio político global.

Los relatos criminalizadores justifican las guerras. En las guerras, todos los relatos de miedo y odio, incluidos los falsos, son efectivos. Y más en tiempos en los que si alguien quiere llegar al poder debe prometer que será el más letal y que sembrará el terror.

En 2020, en la vereda La Bodega, a las afueras de Toribío, asesinaron a un hijo de la mayora Carmelina Yule. Al año siguiente, durante un ataque perpetrado en su propia vivienda, miembros de las disidencias, otra vez, le asesinaron a otro hijo. A ella, la asesinaron en un momento de tensiones encontradas, cuando en medio de un rescate a un menor de edad que estaba siendo reclutado por la disidencia, la comunidad logró retener a los armados y rescatar al menor, pero en un momento dado dispararon acabando con la vida de Carmelina.

Cinco son, al menos, los menores confirmados por Medicina Legal que conforman esas listas de «éxito», de bajas en combate, en los tres primeros bombardeos del nuevo presidente colombiano. ¿Dónde quedó nuestra capacidad de comprender el valor de la vida humana? ¿Podremos volver a percibir con intensidad sus pasados heridos, ahí donde primero fueron víctimas?

La Juez 34 de Familia de Bogotá dejó en firme un miércoles de septiembre la medida preventiva que ordena suspender los bombardeos de las Fuerzas militares donde exista la posibilidad de presencia de menores de edad adoptada el segundo día de septiembre. Medida aprobada a partir de un acto ciudadano, la imposición de una acción de tutela interpuesta por: «Ower Jimmy Borda Parra, actuando como agente oficioso de los niños, niñas y adolescentes reclutados o utilizados por grupos guerrilleros que se encuentran en campamentos o zonas respecto de las cuales la Fuerza Pública tenga información cierta, objetiva o razonable verificable sobre su presencia y que puedan resultar afectados por operaciones aéreas ofensivas».

Comprender el reclutamiento es establecer vínculos con quienes reconocemos que el presente en el que ejercen la violencia proviene de un pasado en el que la violencia los transformó. Este sistema político-bélico del nuevo gobierno, que consumirá la vida futura de tantos no debe convencernos de que quien está tendido en el suelo con o sin uniforme no merece comprensión ni justicia.

¿Cómo actúa la maquinaria de guerra para que suceda lo que sucede? ¿Cuáles son las causas que conducen, fuerzan u obligan para ser parte de un grupo armado?

Las cosas están empeorando dicen muchos, aunque esta percepción no es para todos. Antiguos jefes de frentes de las FARC que no se acogieron al proceso de 2016 forman parte de estas estructuras armadas, algunos aprovecharon los vacíos de poder para ascender. Otros, ascendieron también al dejar de ser milicianos. Otros, nunca se desmovilizaron. Otros, volvieron a tomar las armas. Otros, y cada vez más jóvenes, motivados por lo que nunca mejora, la falta de oportunidades económicas en determinadas regiones, «trabajan» para ellos. Otros, otras, huyen de situaciones violentas en sus hogares. Otros, otras, son entregados por las familias bajo presiones o como protección. Otros, otras, y cada vez se cuentan más, son menores reclutados forzosamente.

El asunto es que todo es más complejo que entender una práctica. Camionetas que llegan a colegios, que se cruzan en caminos, que esperan que alguien suba. Su presencia en la vida diaria, figuras cercanas a la familia o familiares. Promesas de estatus, dinero rápido o dinero necesario, motos, celulares de alta gama y, también, el mínimo para vivir. Estéticas que se comienzan a expandir, a ser parte de nuestra mirada. En las camisetas, en las gorras, las palabras se repiten: Plata o Plomo, referencias al Chapo Guzmán mexicano o Pablo Escobar, ya no parecen escandalizarnos. Todo se va haciendo rutina. Y la economía familiar se ajusta alrededor de las acciones de los grupos armados, quienes también inciden para ampliar su base social, sabiendo que ahí es donde está su mantenimiento.

Todo, cada vez, es más orgánico.

vi.

¿Quién es el responsable de esta guerra?

¿Quién la quiso, la armó, la buscó y la desató?

Hace ya tiempo que se viene repitiendo con insistencia que las conocidas como disidencias o en palabras del anterior Ministro de Defensa «el cartel de ELN» ya no funcionan ni piensan como guerrillas, sino que su accionar es como el de los narcoparamilitares que mantienen el control de miles de hectáreas de cultivos ilícitos, de las rentas de la pasta base, de la cocaína, de la minería ilegal, de las extorsiones. Y aunque cierta, esta argumentación corre el peligro de reducir el conflicto armado a una simple criminalidad.

¿Qué tan políticos e ideológicos siguen siendo los grupos armados hoy? ¿Hay reflexiones sobre las visiones de una sociedad o sobre su propia identidad? ¿Cuáles son sus demandas? ¿Y cómo pueden ser estas recibidas hoy por la sociedad colombiana?

Los comunicados y ciertas apariciones mediáticas de estos grupos armados no dejan una sensación de narrativas creíbles, legítimas y debatibles a nivel nacional. Además sus reivindicaciones, cuando justifican sus ataques, con retóricas críticas contra el sistema, presentándose como defensores «del territorio» contra los abusos o «abandonos» del Estado o del Imperio, promueven más bien una amplia hostilidad, malestares y resentimientos.

Respondiendo a uno de los comunicados que publicó el EMC a raíz de la explosión en Cajibió, el CRIC publicó el suyo bajo el título: «El cinismo en su máxima expresión»:

«[…] Las disidencias que hoy operan en el Cauca han abandonado cualquier rastro de proyecto político o ideológico que en el pasado intentaron revindicar. Sus acciones no se dirigen contra estructuras de poder ni buscan transformaciones sociales; por el contrario golpean de manera sistemática a la población civil, a trabajadores, campesinos, indígenas y comunidades afrodescendientes que históricamente han sido las más vulnerables. […] Cuando un grupo armado asesina indiscriminadamente al pueblo, instala explosivos sin distinción de objetivos y actúa por fuera de cualquier principio humanitario, deja de ser un actor político para convertirse en una estructura terrorista, fascista y paramilitar que atenta contra la vida y la dignidad humana. Asimismo, han remplazado el discurso ideológico por la lógica del lucro, financiándose del narcotráfico, minería ilegal y cobros extorsiones a las mismas comunidades que dicen defender. […]

¡Un revolucionario leído y educado no masacra al pueblo que dice defender!»

Los asesinatos selectivos evidenciados en los listados siguen creciendo. Firmantes de paz y cualquier tipo de liderazgo social que parezca ir en contra de su orden local.

El antropólogo Francisco Gutiérrez analiza como «la concentración en la defensa del territorio implica el paso de un modelo de ejército a un modelo de policía (“policía de la sociedad”). La guerrilla campamentaria, que fue el ícono de los anteriores ciclos de violencia, ahora se combina con otras formas de presencia y control que implican mezclarse con la población».

25 de noviembre de 2024En una operación conjunta entre la Policía, el Ejército Nacional y la Fiscalía General de la Nación, fue capturado en la ciudad de Pasto Jhon Fredy Rosero Rosero, conocido como alias “Pastuso”, presunto responsable del asesinato de la gobernadora indígena Sandra Liliana Peña Chocué. […] Las autoridades puntualizaron que alias “El Pastuso” cumplía con actividades delictivas para la estructura Dagoberto Ramos, de las disidencias de las FARC que operan en el norte del departamento del Cauca. (W Radio)

En el reporte de la policía nacional publicado al día siguiente de esta noticia, consta que previamente habían capturado a Fredy Hoyos Muñoz, alias «Moño Moño», en agosto de 2021; y a Wilson Ovidio Castellano, alias «El Pastuso, en mayo de 2023, como determinadores también del homicidio de Sandra Liliana Peña. Y previamente, casi de inmediato, fueron capturados por la guardia y las autoridades indígenas de la Laguna quienes ejecutaron el crimen con sus propias manos: Pedro Nel y Farid Chamorro. Ambos fueron juzgados el 30 de abril de 2021 por la Jurisdicción Indígena a la luz del día. Sin restricciones de acceso. En el espacio público. En la cancha de futbol. Y todos, todas, éramos bienvenidas a escuchar.

«A nuestra compañera le quitaron la vida siendo las 7, 7:15 de la mañana del día 20 de abril. Un día trágico para nosotros, y esto nos ha cambiado […] Relataré qué fue lo que sucedió, de acuerdo con el tema de la erradicación que se hizo en la vereda Salinas, allí comenzó toda esta situación. Liliana había dicho que los territorios debían estar limpios del narcotráfico y del cultivo ilícito. Esto no les gustó para nada y empiezan a pensar todo el plan para asesinar […]. Día 20 de abril, 6 de la mañana salieron de la casa, Pedro Nel y Farid Chamarro, los dos que tenemos acá. Salieron ya con el objetivo claro, porque [...] ya sabían a qué hora salía, qué rutas cogía[…]. Finalmente bajaron de regreso allí al crucero, no la encontraron pasaron directo hasta el sitio de El Pescador, en una de las cafeterías se tomaron un café, regresaron ya como para la casa, pero dijeron vamos a ir a observar nuevamente, precisamente en ese momento la compañera Liliana iba bajando en moto, cruzaron la moto y primero que dispararon fue a Liliana y al aguacil, cayeron. Ella intento levantar seguir la lucha, pero pues ya habiendo los tres balazos que le pegaron en la cabeza, acabaron con la vida ella. Eso fue lo sucedido por estos señores que están aquí. Pedro Nel fue quien disparó, el otro fue la persona que estuvo manejando la moto.[…] Fuimos más de 40 equipos de investigación moviéndose por todos lados y casi 200 guardias en busca de ellos. […]La conciencia queda en ustedes. Ustedes ese trabajo lo hicieron por 5 millones de pesos, ese es el valor».

Esas palabras del Informe del proceso investigativo del caso del homicidio de la gobernadora Sandra Liliana Peña en Caldono fueron leídas por el Yaçkaneehwe`sx del resguardo de Pioyá, Fredy Alexander Bomba Campo.

Fredy Alexander Bomba Campo [ ∞ 6 de julio de 2023]

Dos años después de aquel juicio, un jueves, tres hombres encapuchados ingresaron en su casa donde se encontraba en una reunión familiar y le dispararon, asesinándolo ante la mirada de sus hijos.

¿Será que ya no hay conciencia? La conciencia es un destello de la pureza del estado primitivo del hombre, escribió Francis Bacon.

La investigación por el asesinato de Fredy Bomba Campo, según recogió el pronunciamiento a la opinión pública del 11 de octubre de 2024 del Cabildo Indígena de Pioya, reveló que el autor intelectual del crimen fue Víctor Alfonso Dagua, quien estaba recluido por el asesinato del joven Eider Arley Campo. Como autores materiales señalan a Abadio Corpus Dagua, actualmente prófugo, y a Cristian Hernán Cárdenas «como cómplice del asesinato al generar las condiciones favorables haciendo uso de su facultad como autoridad en su momento en la comunidad de Kiwe Tekh Ksxa´w – Nuevo México (Santander de Quilichao)». Dicho pronunciamiento terminaba señalando:

«En el marco de la Declaratoria del Estado de Emergencia por los crímenes de lesa humanidad contra el pueblo Nasa de Sa`th Tama Kiwe acogemos el Plan de resistencia, para el cuidado, defensa y control territorial – Minga desde adentro y convocamos a todas las familias y comunidad en general a seguir acompañando a la autoridad ancestral, en los caminos alternativos que conducen a resolver los problemas de raíz, con firmeza, honestidad y decisión como garantía de la pervivencia de nuestras próximas generaciones de semillas».

No tendremos manera de saber qué nos lleva a tomar una decisión y no otra. Saber qué es lo que no se debe saber. Saber qué es lo que lleva hacer algo. Saber qué es lo complejo de saber para reaccionar.

viI.

¿Explicaciones o notas?

A lo largo de estos diez años de posacuerdo, volvemos a las noches de velación, a las consignas y a los encuentros, buscando puntos de fuga de ideas, de modos de estar en el mundo, como si algo nos permitiera encontrar la salida a la violencia, cuando esta escapa a toda lógica, lenguaje y representación. Diez años de repeticiones, como si el tiempo no fluyera. Como si viviéramos en un periplo circular, en un acumulación que no cesa, «no son los mismos muertos, pero es la misma muerte» escribe Eduardo Ruiz Sosa.

Ante el momento político actual, hablar solo de criminalidad y atajar la violencia con más violencia, impide ver otros caminos. Pensar la muerte, el porqué de la misma, puede cambiar la muerte. ¿Cuál es el origen de la guerra insurgente en Colombia?

La respuesta ha sido arduamente debatida, y lo único claro es que ni las guerrillas ni el paramilitarismo surgió de la nada. No hubo un vacío de poder político, sino que se apoyaron en las bases sociales y en los actores político económicos concretos, amparados en un Estado represivo y con poca posibilidad de representación de los sectores sociales. En el que la posibilidad de una reforma agraria siempre ha sido un complejo proceso de debate sin consenso en uno de los países latinoamericanos más desiguales en el acceso al uso y a la propiedad de la tierra. Lo que ha conllevado altos índices de pobreza y precariedad permanente, pocos o nulos servicios públicos y carreteras para acceder a los mercados; y al surgimiento de grupos que se han ido tomando las armas con ciertas demandas mas o menos cercanas a lo social, sobreviviendo y transformándose con el paso de los tiempos y las negociaciones; además de grupos que responden a sectores privilegiados de la sociedad que decidieron tener acceso directo a la violencia para responder ante lo que consideraban propio. Todo condujo a la confrontación abierta; y, finalmente, a los ataques contra la población civil.

Seguimos esperando al cura en el cementerio. Y la hija menor de Florinda asienta:

- Ya nos estamos acostumbrado. La muerte de mi mamá no ha sido ni la primera ni será la última. Lamentablemente así nos ha tocado acá.

Esperar.
Esperar dícese de tener la esperanza para conseguir lo que se desea.
Definición contradictoria en estos tiempos en los que no hay tiempo para la espera pero parece que solo esperamos. En los que una suerte de anestesia ha disminuido la capacidad de la humanidad para dejarnos afectar por los otros. En los que las notas, los obituarios nos inundaron. En los que necesitamos el tiempo para relacionar los hechos. Ahí residen las explicaciones y su porqué.

«Cambian las vidas, pero la muerte es única»

Luis Cernuda

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