El 10 de agosto de 2026, tres días después de la posesión del nuevo presidente Abelardo de la Espriella, la cual marca una ruptura con el anterior al alinearse con las políticas de las extremas derechas, los neofascismos y con quienes no esconden sus políticas de muerte, la tierra tembló. Un terremoto de 7,4 afectó el centro y el occidente de Colombia.

Los terremotos tienen su precisión numérica, a las 7:34 una fuerte sacudida despertó a quienes aún dormíamos y a quienes ya se encontraban en la rutina de cada lunes. Los minutos se hicieron eternos. ¿Cuánto tiempo puede estar uno sin reaccionar? Sensación y realidad, por algo la frase que nos repetiremos constantemente después será: – Fue muy largo. Un lapso incalculable en el tiempo real del caos, en palabras de Juan Villoro. Angustia y calma parecieran lo mismo en estos tiempos. Pero poco a poco, después del temblor, la realidad recupera su nitidez. Poco a poco la geografía del desastre devela el terremoto político que comenzó oficialmente tres días antes.

"Un temblor no es un relato único, sino la complejidad de las historias fragmentadas."

Diego Fonseca

i.

¿Por qué se cayó este edificio y no aquél?

Cali, 7:36 de la mañana.

La media, dicen las estadísticas, es entre los 10 y los 30 segundos la duración de un terremoto. Cuando supera la magnitud de 8, puede prolongarse de 2 a 5 minutos. En Cali, el movimiento cesó tras 90 segundos. Quienes tuvimos la suerte de que nuestras casas no sufrieran ningún rasguño y que nuestra mirada hacia el afuera más próximo nos aportara apenas daños de mampostería, pensamos después de aquello que todo estaba bien; sin dimensionar en esos primeros instantes su magnitud para muchos otros, comenzamos a levantar lo caído. Es el egoísmo de no ver la plenitud. Hasta que una alarma lo cambia todo:

– Se ha caído un edificio aquí en la Novena. Parece que hay gente atrapada con vida.

Acostumbrados a no recibir nada de la institucionalidad, la respuesta ciudadana tomó la iniciativa y las calles, convirtiéndose -o mejor dicho, continuando siendo- esa “insurgencia emotiva y monumental”, en palabras de Cristina Rivera Garza, ese “proceso colectivo y material que nos transforma”. Cadenas humanas se fueron ordenando espontáneamente entre quienes llegaban para levantar los primeros escombros en los edificios colapsados, en busca de gente con vida. Sin orden pero organizados, moviéndose al unísono, hicieron realidad esa frase del filósofo italiano, Franco Bifo Berardi, que dice que la ética consiste en pensar el cuerpo del otro como una continuación del propio.



Vecinos, vecinas y gente anónima fueron llegando de otros barrios a aquellos donde los bloques de edificios se habían derruido, exponiendo la intimidad y la fragilidad de quienes los habitaban.

Los peores colapsos estructurales quedaron centralizados en el sur y centro de Cali, acotándose a unos pocos barrios y zonas: Alameda, Cañaveralejo, Los Cámbulos, El Limonar, Capri, Guadalupe, Nueva Tequedama, El Refugio, Pampalinda, la calle Novena. La explicación científica emitida señala que fue aquí por una combinación crítica de resonancia sísmica, tipos de suelos “inestables” y la antigüedad de las construcciones. Es decir, barrios construidos antes de las normas de sismorresistencia, las cuales apenas se iniciaron en Colombia en 1984, un año después del terremoto de Popayán. Barrios sobre terrenos históricamente inundables, humedales o depósitos aluviales blandos. Barrios con ciertos edificios de mediana altura, cuatro a seis pisos, cuya vibración natural coincidió con las ondas largas y lentas que emitió este sismo tras viajar 170 km desde su epicentro en San José del Palmar, Chocó. De tal manera que las estructuras entraron en resonancia, multiplicando, dicen, su balanceo hasta colapsar. Motivo por el que las casas bajas y los edificios más altos de estos mismos barrios no sufrieron con la misma intensidad.

A los hospitales comenzó a llegar gente que, en la desesperación y en la angustia, saltó por la ventana.

Toda explicación tiende a ser parcial; todos quieren salvarse de ser inundados por la responsabilidad. Los terremotos son inspectores que auditan en horas décadas de decisiones políticas y empresariales, dejando sus resultados a la vista de todos, sin pudor.

Así fue como en México el sismo de 1985 demostró que la especulación inmobiliaria, el desprecio institucional, la corrupción gubernamental y de las constructoras, los reglamentos obsoletos, el uso de materiales indebidos y la violación de la normativa influyeron drásticamente en el número de fallecidos. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Y así fue como en Venezuela el reciente doble terremoto evidenció las fallas estatales al mostrar unas instituciones capturadas y confundidas con redes de poder clientelares, incapaces de responder cuando el terreno se mueve tras años de compleja polarización que erosionó hasta la capacidad de imaginar un proyecto compartido de país. Vulnerabilidad que quedó más al descubierto a principios de este año con la operación militar estadounidense ilegítima que capturó al presidente Nicolás Maduro.

Transcurrió el primer día.
No llovió.

Y mientras los cuerpos vivos y muertos habían comenzado a ser rescatados en Cali, y en el resto del país, muchos seguían atrapados bajo las ruinas. La oscuridad, la sed, la desesperación de querer ser oídos en un desierto de escombros mientras las cadenas humanas sin Estado ya habían aprendido rápidamente a levantar el puño. Casi como un gesto innato, pedían silencio. Un acto que se inscribe en el derrotero siempre incierto que marca este presente capitalista del desastre. Poderosa acción: escuchar al otro. Silenciarnos nosotros para poder escuchar al que necesita ser escuchado.

ii.

¿Cómo se calla una ciudad tejida para hacer ruido?

CALI, martes 11 de agosto.

Las grietas, las cuarteaduras, las paredes caídas, las tejas en el suelo. Cemento, todo parece reducirse a toneladas de cemento. Son muchas las viviendas heridas, unas más graves que otras. Apenas hoy comienza la ciudad a rodearse con cinta de plástico amarilla y roja que anuncia peligro, prohibido pasar. Las consecuencias del terremoto se empiezan a dimensionan. Las instituciones que deberían funcionar al margen de quien gobierne, Defensa Civil, Bomberos, Policía y militares, Cruz Roja Colombiana, equipos USAR (Urban Search and Rescue) hacen ya presencia y cada quien toma el control como puede, sabe y obedece.

¿Será que los errores a los que aludiremos en los próximos días, los vacíos informativos, la falta de coordinación, de liderazgo, no son sino el comportamiento usual de un gobierno local y departamental en cualquier día del año?

Caminamos por la calle Novena, sintiendo que en cualquier momento algo más pueda derrumbarse, acostumbrando los oídos al nuevo paisaje sonoro de la ciudad: al constante zumbido de las plantas generadoras de energía, al pitido electrónico intermitente de seguridad junto con el rugido del motor en baja revolución de los camiones echando marcha atrás, a las grúas trabajando, al sonido hueco y seco de las piedras cayendo dentro de los cubos, a los cubos que se vacían en volquetas, a algunas pero no tantas sirenas de ambulancias, al ensordecedor paso de los aviones. Este último es el mismo sonido de hace cuatro días, cuando los helicópteros también sobrevolaban la ciudad de Cali militarizada para el nuevo orden gubernamental.

Incontables botellas de agua comienzan a acumularse en los diversos puntos de recogida constituyéndose como la otra imagen de la respuesta ciudadana. La solidaridad. La necesidad de autoorganizarse.

A uno de estos puntos de acopio llega una señora mayor con su nieta con una pequeña caja de plástico en las manos: - Traigo empanadas recién hechas. Otra mujer llega con cubos de agua y vasos; pero en la distopía de la emergencia, donde la gente olvida hasta el orgullo de tener una de las mejores aguas potables de Colombia, su acción se diluye y se pierde frente a la compra masiva de miles de botellas de plástico que desabastecen los supermercados de la zona. Mientras, otros abren los baúles de sus carros y comienzan a sacar bolsas con comida no perecedera. Otros traen útiles de aseo y pañales para adulto -una de las peticiones más demandadas en estos primeros días- junto a colchonetas y enseres para niños y bebés.

Caminamos de la mano de nuestra hija de tres años, resonándonos con fuerza la nota que escribió la periodista Daniela Rea apenas cinco días después del sismo de México en 2017, tras caminar con sus hijas frente a los edificios en ruinas.

“Se trata de que vean los daños. Se trata de que crezcan sabiendo qué es pertenecer. Que alguien verá por ellas aunque no las conozca. Que alguien responderá a sus miedos, a su dolor. Y que ese pequeño gesto, ese mirarse, ese saber, las hace parte de un contrato mutuo de cuidados”.



La sensación al caminar es de inmediatez y urgencia mientras la logística sigue su ritmo y todo comienza a controlarse, a burocratizarse: las carpas para los acopios se levantan y se colocan a la distancia correspondiente, la gente se pone los cascos y los guantes; luego llegarán los turnos de lavado, dejando atrás el trabajo precario del rescate de las primeras horas.

Pero, no todos se acercan tampoco. El romanticismo absoluto de la solidaridad es, en realidad, una construcción mediática.

Hay días en que el sol de Cali es abrasador; hoy es uno de esos, igual que lo fue el día de la posesión del presidente entrante. Una escenificación del poder que se desarrolló a escasos kilómetros de aquí, en el auditorio de la Universidad (privada) Santiago de Cali. Apenas unas horas antes, el Comité de Expertos ad hoc para el esclarecimiento de violaciones a los derechos humanos durante las protestas sociales entre 2019 y 2021, tras cuatro meses de trabajo, entregó su informe de poco más de 1.000 páginas concluyendo que: “el uso excesivo de la fuerza [por parte de la fuerza pública] adquirió un carácter sistemático (…): los hechos documentados no fueron fortuitos, fueron habituales, no ocurrieron en un solo lugar sino que se extendieron por una parte importante del territorio nacional, presentaron modalidades semejantes de actuación y, en numerosos casos, respondieron a actuaciones deliberadas de agentes estatales. (…)”.

Uno de los lugares más simbólicos del estallido social es Puerto Resistencia. Justamente allí, de manera paralela a la toma de posesión, sindicatos, representantes del Pacto Histórico, vecinos y vecinas se movilizaban en el marco de un cambio de gobierno cuyos resultados electorales han sido demandados ante el Consejo de Estado, dadas las denuncias por las fallas en el software electoral y la cuestionada participación de la multinacional Thomas Greg & Sons, así como las evidencias de irregularidades en las mesas electorales, la compra de votos, la suplantación de identidades y las anomalías en el censo electoral, sumadas a la excesiva financiación privada masiva de la política que otorga a un grupo reducido de personas y corporaciones una influencia decisiva en el gobierno de turno.


En Colombia, parece que la duda, desde hace tiempo, no es si hubo fraude electoral, sino su dimensión real.




Muchas de las primeras manos que llegaron a ayudar a levantar los escombros -y que continuaron haciéndolo- son primeras líneas del estallido social. Quienes por lo general fueron jóvenes de sectores más populares (como Puerto Rellena, Paso del Comercio, Siloé, Calipso y Portada del Mar) que se organizaron para protegerse y proteger a los manifestantes de la fuerza pública.

El sol quemó sus brazos y su cara también. Desde ayer que tembló la tierra este joven ha estado ayudando a retirar escombros en el edificio Vanessa, ubicado en la calle Novena con carrera 44. Descansa por unos minutos a nuestro lado y comienza a contar; no deja de hablar, necesita la escucha. Almuerza. La olla comunitaria ya está funcionando. Miles de veces se repetirá en estos días el gesto del cucharón al plato de icopor.

– Ayer llegó una señora mayor y se “robó” tres galones de agua. Recuerda cómo la situación generó tensiones y, sobre todo, juicios morales hacia quien se lleva el agua donada para rescatistas y damnificados. Pero, ¿acaso ella no tenía también necesidades básicas por cubrir?

El neoliberalismo como pilar supremo de nuestro bienestar, devela la desigualdad incontrolable, mientras allana el camino al nuevo autoritarismo.

Las situaciones de catástrofe lo que evidencian es eso: la desconexión creciente entre el crecimiento de la economía y el bienestar de la mayoría de la población; las desigualdades territoriales extremas, con grandes espacios y regiones sumidas en un gran declive económico y social (como lo es, en gran medida, el Pacífico colombiano); y la inseguridad vital que se está volviendo crónica para muchos que viven con la sensación de un futuro bloqueado y la ruptura del contrato social. Desigualdades que se amplifican y se hacen más asimétricas.

No a todos nos afectará por igual el temblor. No todos tendremos la capacidad de rehacer nuestras vidas de la misma manera. No todos comíamos antes y después del terremoto por igual. La evacuación de nuestros hogares nos afectará en función de las redes de apoyo y de la solvencia económica de cada quien. No en todos los barrios será necesario levantar carpas para dormir. Pero sí en todos hay gente que se verá afectada. Desde quienes se desplazaban a trabajar a esos edificios colapsados o evacuados y han visto perder sus fuente de ingresos, hasta quienes vieron sus casas convertirse en un amasijo de cemento, vigas y losas.

¿Cuáles son los cuerpos masivamente damnificados?

- Esta ayuda es solo para las personas no para los locos del río.

Esta fue la cruel frase enunciada por un voluntario de la Alcaldía con carné, mientras se apropiaba del crédito político que no le pertenecía. La ayuda venía, en realidad, de la solidaridad del pueblo. Una vez allí, mientras una delegación del barrio Mariano Ramos y la Guardia Indígena -que había llegado previamente a Cali-, la repartían, las necesidades quedaron cubiertas y seguía quedando más comida.

-Llévensela a los del río que la necesitan -en referencia a quienes viven precariamente en la calle- fue la expresión de los vecinos afectados en el barrio de Altos de Santa Elena (Comuna 18), quienes se están viendo obligados a levantar carpas para dormir, sintiendo de nuevo lo que es ser desplazado de su hogar tras haber sido reubicados en viviendas de interés social. Esta noche, y las próximas, no podrán regresar a sus casas, nadie garantiza su seguridad. Esperan las verificaciones de los ingenieros. La comida finalmente se repartió entre aquellos cuyas necesidades con o sin terremoto no están cubiertas. Entre aquellos que muchos miran con desprecio, nombrados sin nombre.

La comitiva de la Guardia Indígena del Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, había llegado a Cali el 12 de agosto en el marco de la “Minga por la vida” recibida por los vecinos, vecinas y primeras líneas de Puerto Resistencia, en una visita de reconocimiento y reparto de comida en varios puntos críticos de la ciudad. Sumándose de manera activa esa misma noche a los turnos ya organizados para retirar los escombros. Cumpliendo con la premisa de que quienes son violentados, difamados, desprestigiados y una larga lista de adjetivos similares por los sectores más conservadores, son los que están en la primera línea del compromiso mutuo.

En una semana serán casi 30.000 las toneladas de escombros retirados. A los días, la “Minga por la vida” continuó hacia Buenaventura, el norte del Valle y Chocó.



Ese mismo día, llegó a Cali la Brigada Internacional de rescate Topos Azteca de México. Un grupo de ellos se dirigió directamente al edificio Ana Pilar, situado todavía más cerca, a menos de un kilómetro del lugar en que Abelardo de la Espriella tomó posesión. Se trata de voluntarios civiles, sin aval de un Estado. Su llegada se envuelve en la polémica de por qué el gobierno colombiano no acepta la llegada de equipos de rescatistas internacionales. El director de la Unidad para la Gestión del Riesgo de Desastres cierra mandato con la actuación de evitar abrir la puerta a que entren los equipos de Israel. El nuevo director a los pocos días habilita esa posibilidad. La Cancillería acepta la llegada de un equipo de Estados Unidos. Todo es geopolítica.

Sigue sin llover en Cali.
Un topo con megáfono en mano avisa: “En este momento las posibilidades de supervivencia son del 20%”. Los cálculos mal contados estiman en cerca de 200 las personas que aún permanecen desaparecidas. La espera continúa.
Ya casi pasaron las primeras 72 horas.
En 1989, cuatro años después del terremoto que asoló la Ciudad de México, cuenta Elena Poniatowska que todavía se encontraban restos de cuerpos humanos en la calle Xocongo y Lorenzo Boturini, en la colonia Tránsito.

iii.

Réplica.
Cuando has vivido el primero, esperas el segundo.

Cuando una falla se abre y no vuelve a cerrarse, se pierde la firmeza de las creencias y del suelo por el que se camina.

Una réplica es una repetición, una copia exacta de algo.

La lectura que provoca la aglomeración de los símbolos conecta la expansión del modelo de capitalismo salvaje con rostro de extrema derecha y las catástrofes “naturales” que llegan cerrando ciclos políticos y sociales, e inaugurando otros. Este agosto de 2026 no fue el primer caso. El terremoto de magnitud 8,8 que afectó la zona central y sur de Chile el 27 de febrero de 2010 ocurrió a solo 12 días de que finalizara el primer mandato de la presidenta Michelle Bachelet, marcando el fin de los 20 años consecutivos de gobiernos de la Concertación con el traspaso de poder a Sebastián Piñera. Minutos antes de que asumiera su cargo se registró, otra vez la fragilidad, un sismo de magnitud 6,9 a 7,2 tras activarse la falla de Pichilemu. “En tan solo tres minutos - escribió Diamela Eltit-, miles de edificaciones estaban en el suelo o con daños estructurales y en esos mismos tres minutos el mar, que ya no era Pacífico, iniciaba su estremecedor proceso de aniquilación. La muerte, el pánico, los saqueos sembraron la anarquía en la ciudad de Concepción, la cual se transformó en el epicentro más alegórico de la crisis. El estupor de la caída, los errores técnicos, multiplicaron la incomunicación porque desapareció la energía eléctrica, el agua, las redes telefónicas fijas y los celulares. La tecnología mostró su fracaso frente al poder telúrico. El sueño chileno del éxito estaba en el suelo. Política, naturaleza y destrucción parecieran escribir un libro asombroso para los análisis del porvenir”.

El 10 de agosto, con la angustia de saber que aún puede haber vida debajo de los escombros y sin dimensionar las consecuencias del terremoto, sabiendo que esa noche miles de familias dormirán sin su techo, las cámaras de televisión captaron al presidente Abelardo de la Espriella en el atril de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, saludando y lanzando besos al aire. De nuevo la copia, un presidente haciendo gestos festivos mientras el país llora y cuenta a sus muertos. Trump convirtió estos gestos, lo indecoroso y excéntrico, la retórica digital del insulto, el narcisismo, las historias de inteligencia artificial, los chistes, las provocaciones y la fanfarronería en los elementos del nuevo repertorio político global. El poder dejó de necesitar la dignidad, la solemnidad o el respeto para mantener su autoridad. No necesita parecer que siente el dolor del otro para ostentar la presidencia.

Y como si de otra réplica se tratase, los medios masivos no fueron distintos a la cobertura de otras catástrofes. Volvieron a repetir, otra copia idéntica: tremendismo y dispersión, sensacionalismo y cobertura en paracaídas de tragedias aisladas, sin explicación ni articulación posible. Anteponiendo la emoción sobre el análisis. Una imagen priorizada, la del drama individual, la cual solo se difumina con las escenas para causar miedo ante supuestos robos y pillajes. Escenas que justificaron y ayudaron a aplaudir por parte de algunos la medida de la alcaldía de decretar toque de queda en la ciudad los primeros días tras el terremoto, aunque eso signifique querer impedir (sin lograrlo) que cientos de voluntarios se desplazasen a ayudar en las labores de rescate.

La información ha dejado de ser contextualizada para convertirse en espectáculo permanente. Los medios dejaron de ser ese lugar que ayudaba a generar un espacio público común de debate para crear burbujas ideológicas rentables para un pocos.

iv.

¿Quién tiene derecho a la réplica en un terremoto?

Cali, edifico Vanessa. Una noche donde se sabía la muerte y se intuían las que vendrán.

Una réplica también es una respuesta, un cuestionamiento, una divergencia, una discrepancia, una impugnación. Hay vida. Se escucha. Replica ser escuchada. Jueves 13 de agosto.

Los organismos de rescate que trabajan en el edificio Vanessa, incluidos los topos mexicanos y una brigada de sonidistas voluntarios han conseguido triangular sonidos que hacen sentir que hay vida. Se escucha claro. Suena la bocina de un coche. Suenan golpes. Son momentos tensos, el riesgo de colapso del edificio contiguo Laureles es latente, o por lo menos así lo advierten. Son momentos en los que la lucha por la vida no está solo en retener el peso de los escombros sobre sus cuerpos, sino en que quienes ostentan el poder comprendan la importancia de cada vida.

Termina un turno de mando y comienza otro pero quien asume parece tener otra lógica de enfrentarse a los hechos. La descoordinación y la ausencia de un único criterio de trabajo son la queja constante que se repite en otros lugares, fuera de la ciudad de Cali también. Un topo mexicano pide una hora para entrar a sacarlos, la brigada de sonido tiene triangulada la información y creen saber dónde podrían estar los sobrevivientes. El tiempo se dilata. Nuevas justificaciones para tomar esta y no otra decisión. La maquinaria pesada, evacuar, comenzar con la retirada de la misión médica. Se activan protocolos y la violencia en el lenguaje toma la directriz. Las retóricas institucionales. Las evasivas oficiales. Los argumentos burocráticos. La imposibilidad misma. La noche da paso al amanecer.

Ya es viernes 14 de agosto.

Nadie quiere el destino que nos esperará de callarse las voces bajo las ruinas. Así que esa mañana, y tras una cadena de actuaciones, presiones y ciertas resonancias mediáticas, entre otros, la Personería de Cali, posteó en sus redes: “Hay tres personas con vida bajo los escombros del edificio Vanessa, ubicado en la calle 9ª con carrera 44, en el sur de Cali. En este momento es fundamental permitir el trabajo de organismos de socorro”. Los medios anuncian que parece que se amplía el tiempo de búsqueda de vida en la zona durante el fin de semana.

Pero todo, cada vez, está más acordonado.
La presencia de personal civil como voluntarios es cada vez más limitada y por turnos controlados.
Han transcurrido más de 100 horas.
Y en la calle Novena, aquella noche, había tanques militares aparcados.
Algo había cambiado.


A las 7:45 de la mañana de ese mismo viernes, aterrizaron en el aeropuerto de Cali 82 miembros de la “Unidad de Rescate y Salvamento del Comando de Defensa Civil de las Fuerzas de Defensa de Israel”. Previamente habían estado en Venezuela, donde estuvieron realizando supuestas labores de “rescate” y “reconstrucción”, no hay noticias de que lograran encontrar a nadie con vida. La gran mayoría son reservistas, oficiales y soldados. La misión está liderada por el general Yossi Pinto. Roni Kaplan es su portavoz. Este último es ya conocido por ser una máquina de propaganda diseñada para justificar y encubrir ante la opinión pública el genocidio del pueblo palestino y las continuas operaciones militares de destrucción en el Líbano. Y según denunció, la PIT-CNT junto a colectivos y organismos de derechos humanos en Uruguay, es corresponsable y coautor de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, genocidio y del inmenso sufrimiento infligido en Palestina.

Su defensa de la destrucción sistemática de hospitales, del asesinato masivo de niños y niñas, de la producción de un desastre humanitario, entre otras muchas barbaries, lo convierten en una persona cuanto menos no apta para las labores humanitarias. Aún así, él será quien coordine e informe sobre las labores que ejercerán en suelo colombiano.

A partir de este momento el balance serán los cuerpos muertos recuperados.

Tres días después de la llegada de quienes acuden en nombre de un Estado genocida, ocupante y perpetrador de los mayores crímenes imaginados amaneció lloviendo en Cali. La tierra lloró.

Un terremoto tiene esa capacidad, puede agitar dentro y fuera; lo físico y lo metafísico; lo real y lo que está por venir.

22 es el número oficial de fallecidos por el colapso del edificio Vanessa. El último cuerpo fue rescatado en la madrugada del 20 de agosto. Al día siguiente, el Alcalde de Cali, Alejandro Eder, el mismo que fue abucheado, increpado y expulsado a piedras en varios lugares afectados por el terremoto, como manifestación del descontento existente por su gestión, da por cerrada las labores de búsqueda, rescate y recuperación en la ciudad.

Actualización en cifras de la alcaldía de Cali: 88 personas rescatadas, 47 desaparecidas, 150 fallecidas, 1569 heridos (50 de ellos/as de gravedad), 140 cuerpos entregados a las familias. 158 animales rescatados. 24 edificaciones con colapso total verificados. 177 con colapso parcial verificados. 197 con daño estructural verificados. 400 edificios evacuados.

v.

¿Cómo sanar los duelos colectivos?

SUCESIÓN ECOLÓGICA: Proceso natural, gradual y ordenado a partir del cual un ecosistema se autorrepara a lo largo del tiempo tras un terremoto.

15 de agosto. Azotea de la Abuela, ORIENTE de Cali. Una noche de Alabados a cargo de la maestra Elena Hinestroza Vente. Una noche de mutuo cuidados.

La reconstrucción de una ciudad va de la mano de la reconstrucción de los significados. El desastre natural y político está unido a uno ontológico. La reconstrucción debería ir de la mano de la construcción alternativa de un país distinto.

Dolerse por el otro es una elección, al igual que lo es no hacer el duelo ajeno como propio. No ser sujeto activo del duelo colectivo deja solo al cuerpo del otro. En la Azotea de la Abuela, el duelo fue colectivo, mezclándose las vidas y la muerte, el canto ancestral afro a modo de Alabados y Gualíes fue el gesto que nos abraza.

Y entre los cantos, una pregunta persistió aquella noche, y si una de las zonas más afectadas del terremoto hubiese sido el Distrito de Aguablanca, ¿los vecinos y vecinas de los barrios de estratos medios y altos de Cali hubiesen reaccionado del mismo modo?

Y es que una gran parte de la ayuda -ya fuese poniendo el cuerpo en las labores de rescate, preparando comida en las ollas, movilizando recursos y acopio que repartir allí donde la institucionalidad no llega, o mediante la organización de acciones colectivas locales como la construcción de yurtas de bambú a modo de biorefugios transitorios para quienes se han quedado sin casa- salió de aquí, del Oriente de Cali, un territorio construido históricamente por la migración y el desplazamiento forzado de comunidades especialmente afro e indígenas del Pacífico, que es visto por esa “otra parte” de la ciudadanía caleña desde el prejuicio, el estigma y unas prácticas discriminatorias las cuales se han ido normalizando.

vi.

La geología define el temblor, pero la política decidirá quién muere.

Quienes han vivido terremotos, comentan que lo más grave no es lo vivido, sino los daños que nos seguirán alcanzando con el tiempo. Esas noticias aplazadas que nos aguardaran como un veneno lento, escribe Villoro.

El 19 de agosto, nueve días después del terremoto, el expresidente Gustavo Petro, junto al senador Iván Cepeda y quien fuera candidato presidencial, dirigieron el discurso de réplica de la oposición frente al actuar del presidente Abelardo de la Espriella, quien anunció un “Plan milagro de reconstrucción” para hacer frente a las pérdidas materiales estimadas en 30 billones de pesos. La responsabilidad de este plan parece recaer no en los principios de justicia distributiva y obligación estatal, sino en la beneficencia del sector empresarial con la creación, entre otras propuestas, de un Banco de Materiales donados o subsidiados por empresas. Es por ello que el 22 de agosto vimos al presidente rodeado de algunos de los hombres con las mayores fortunas del país: Jaime y Gabriel Gilinski, Alejandro Santo Domingo, Luis Carlos Sarmiento, Fuad Char, entre otros. Su caridad anunciada para la reconstrucción asciende a 179 millones de dólares (540.782 millones de pesos), lo que supone aproximadamente el 0,23% de sus patrimonios. Cifra que es diez veces menor a lo que se van a ahorrar con la decisión del nuevo presidente de eliminar el impuesto al patrimonio.

Otras de las propuestas planteadas son el endeudamiento, se abre crédito con el Banco Mundial, y la viabilidad para decretar Estado de Emergencia Económica para agilizar la contratación pública. Todo ello, en medio de la polémica desatada tras una investigación publicada sobre el manejo de las donaciones recolectadas en la campaña “Colombia, un solo corazón” impulsada por la esposa del presidente, Ana Lucía Pineda. La réplica de la oposición se centró entre otras cuestiones en las consecuencias de lo que ha supuesto la “incapacidad de empalme” del nuevo gobierno, lo que paralizó y ralentizó las actuaciones de emergencia, cuestionamientos concretos cómo la no movilización del Buque hospitalario Benkos Biohó o la posibilidad de realizar la reforma tributaria radicada que permitirá recaudar 20 billones a las grandes fortunas, sin necesidad de endeudarse o entregar los recursos naturales a multinacionales.

El escritor Jacobo García se preguntaba metafóricamente y si el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami en la otra punta del planeta, por qué no podría hacerlo el ambiente social, el ánimo colectivo, la putrefacción política, o la suma de todo lo anterior.

¿Qué movimiento abrupto nos va a afectar más?

El rabino David Michaan fue el primero en abrir el espacio a la oración ecuménica de la posesión presidencial el 7 de agosto, la cual cerró con un “Viva Israel”. Pocas horas después del terremoto, el gobierno publicó un extenso comunicado reconociendo la soberanía israelí sobre los Altos de Golán, territorio sirio ocupado ilegalmente por quienes llevan toda su historia ocupando ilegítimamente las tierras de otros. Solo Estados Unidos lo había reconocido anteriormente. Ese mismo día, el gobierno revocó los dos decretos que prohibían la exportación de carbón colombiano a Israel, abriendo el periodo previsto para presentar comentarios justo al día siguiente del terremoto. Y fue también ese día cuando anunciaron el reconocimiento oficial de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, una decisión que viola el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui y legitima la ocupación de su territorio, la cual provocó una guerra y un éxodo masivo de cientos de miles de saharauis que atravesaron el desierto hacia Argelia bajo bombardeos, estableciéndose en campamentos de refugiados hasta la fecha de hoy. Fue al día siguiente cuando el criminal de guerra con orden de arresto por la Corte Penal Internacional, Benjamín Netanyahu, ordenó el envío de una misión humanitaria formal. Y también fue en la madrugada del primer día del terremoto, cuando el presidente Abelardo de la Espriella ordenó la denominada Operación Beta, el primer bombardeo de este gobierno, sólo cuatro días después de jurar su cargo. Al menos hay dos muertos confirmados y varios heridos. Lo que podría ser el retorno de los “falsos positivos” según apuntan las comunidades locales al señalar que, aunque la operación se vendió como éxito contra el “terrorismo” el daño real lo sufrió la población civil de manera indiscriminada y desproporcionada. Bombardeos que desencadenaron el desplazamiento forzado de decenas de familias. Dos días después del terremoto, el secretario de Defensa de EEUU, Pete Hegseth, confirmó que el presidente colombiano autorizó la ejecución de operaciones militares conjuntas con tropas estadounidenses dentro del territorio nacional. Cinco días después del sismo, se anuncia una transformación del Sistema de Medios Públicos, que entre otras medidas aprueba el cierre de la franja noticiosa y de opinión en radio y televisión. El año pasado se hizo publica la estrategia del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel que declaró el 2026 como “el año de América Latina para Israel”, dado que esperaban “un giro diplomático positivo en el continente”. Diez días después del temblor, Abelardo de la Espriella anunció de manera oficial la conformación de una nueva cúpula de las Fuerzas militares y, como así lo prometió en campaña, declaró formalmente agotadas las opciones de diálogo con los diferentes grupos armados del país, ordenando la reanudación de capturas y el inicio de las ofensivas militares.

El retorno firme al patrón histórico de sumisión imperial. La agenda diseñada y financiada por bancos y grandes corporaciones como estrategia para vaciar la democracia desde dentro.

Un temblor no es un relato único, sino la complejidad de las historias fragmentadas.

Detrás, debajo y encima de la tierra se extienden esos “nuevos” modelos políticos de corriente de extrema derecha fascistas a la manera de un terremoto que ya ha invadido las mentes y las geografías de muchos, afectando con su temblor no sólo a nuestros cuerpos sino a nuestra manera de vincularnos. Ante esto, el derecho a la réplica, supone una correlación de fuerzas, una divergencia, una discrepancia que debemos aunar para devenir en otro futuro.

La verdad es que millones de nosotros conservamos un miedo atávico o literario o mítico ante las réplicas (políticas y naturales) que se nos avecinan.
Diamela Eltit

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