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RECORDAR EL SILENCIO, RESISTIR AL OLVIDO

20 años después de la masacre paramilitar en Monteloro (Colombia)

Silencio. Abandono. Soledad. Todas las palabras que fluyen y no fluyen están atravesadas por el dolor y la rabia. En la vereda de Monteloro, Barbosa (Antioquia), la tarde noche del 27 de junio de 1998 un grupo de paramilitares con confianza abusiva asesinó a seis personas. Destructiva crueldad. Dos décadas después no hay justicia en una vereda llena de ausencias. De dolores que carcomen. De nunca decir. Y de nunca ser escuchados. 

Texto: Laura Langa Martinez  / Fotografía: Ariel Arango Prada

Se habla de “paz” en Colombia por no decir guerra y apenas hay voces que salgan a decir lo contrario porque están silenciadas  y las que no, son asesinadas.  Muchos lugares están sometidos al silencio. Cada vez son más  los lugares de los que no sabemos nada, de los que no sabemos  qué ha pasado, qué está pasando.  ¿Por qué será?

Escribir palabras, captar imágenes es quedarse largo rato adentro de ellas, buscando oír la voz de la experiencia vivida de la violencia. Una humilde resistencia al olvido. Un relato sobre un relato de lo real que resulta aterrador al mostrar la historia de las familias que sobreviven a la muerte con tal naturalidad.

La vereda de Monteloro a casi una hora de Barbosa, por caminos de tierra no transitables para la mayoría de coches, es un territorio donde se vive en una sensación generalizada de silencio. Silenciar es una estrategia militar de guerra, pero también el silencio es una forma de sobrevivir.

Silencio. Aquí no les gusta que uno hable. Que uno recuerde. La masacre de Monteloro sucedió hace 20 años. Nadie sabe. No quedó nada. Muchos se fueron. Apenas queda la coexistencia silenciosa de familiares y vecinos. Pues siempre habrá cosas que no se hablen, conversaciones que no se acaben y oídos sensibles al silencio.

Esta herida: un hecho. Esta manera de quebrase y de caer: un lugar (Cristina Rivera)

Abandono. El lugar. La casa donde ocurrió la masacre está desolada. Era una tienda de mercado, ahora cerrada. Abandonada. Tapiada. Una pared de ladrillos, apenas una cruz. Lejana. Encerrada en los acontecimientos de aquella noche.

Los hechos sucedieron allí, en esa casa, con seguridad pasmosa en lo que hacían y con la confianza abusiva infundada por la impunidad, llegó un grupo de paramilitares y asesinaron a Antonio Vanegas, Emilio Agudelo y sus hijos, Ricardo y Héctor. “Pongan guaro y prendan la música, que se prendió esto”  les ordenaron antes de asesinarlos. Un guión frenético que invadió la casa, la intimidad. Su historia.

Previamente habían asesinado en su finca a Álvaro Sánchez y después a apenas 1 km por el camino mataron a Rodrigo Monsalve. Esa noche sabemos que seis vidas fueron arrebatadas por el paramilitarismo. El total de gente asesinada por estos grupos armados supera los cientos de miles y no deja de aumentar. 

Los vínculos y las conexiones entre el gobierno, el ejército y el paramilitarismo permiten esta impunidad y el no saber a cuánta gente han asesinado.

“Allí mataron a otro señor, aquí a mi papá, un tiro, mi hermano en esas piedritas de allí y otro hermano mío justo aquí.” “Aquí fueron cuatro, allá abajo para los lados de arriba otro y el otro allá lo colgaron y lo dejaron zarandeándose de la cabeza”. 

“Una se lastima recordando, pues todo lo que viene de la familia es dolor.” Al suceder esto, se gesta un silencio perpetuo. Una mirada evasiva. Una soledad asustada. Miedo. Que se complementa con los recuerdos. La gente no olvida. Recuerdan. Es horrible el irrastreable dolor de la muerte. Recuerdan al preguntarles y rememoran sin necesidad de preguntar. 

¡Macabro! ¡Dolor!

La memoria de lo que sucedió se presenta como la entrada a ese pasado que llevó a Monteloro a ser lo que es. Los ecos de ese pasado construyen la complejidad del silencio y la impunidad de las masacres.

“Mi suegro, Emilio, les gritaba no vayan a dejar huérfanos a estos niños. Mi marido y yo en el suelo. Lloraba. Mi hijo mayor tenía entonces dos años. Lloraba. Se llevaron a mis hijos dentro de la casa, los encerraron. A mi me pusieron en el balcón para que viera cómo los maltrataban… Perdí la conciencia.”

Murieron en el exceso de las miradas. Murieron frente a las familias. Después de asesinarlos, decapitaron a dos de ellos. A continuación, les obligaron a mirar mientras ellos jugaban al fútbol con sus cabezas.

Una forma extrema de crueldad ejercida sobre los cuerpos. Entre risas y patadas, la crueldad de los perpetradores agregó una intención de hacer sufrir todavía más. Cuerpos descuartizados. Profanados.

No volver nunca a la muerte. Quedarse en la muerte.  Soledad impuesta por la muerte.  Ellos ya no están.

“Mi papa era lo más querido que hay en esta vida.” La muerte ronda con fuerza. Y los imaginarios se insertan en la cartografía del terror, confundiéndose los relatos que parecen pesadillas en vida. La línea difusa entre lo real y lo que creemos que es fantasía desaparece, los sueños son parte del mundo real. “Una hermana mía estaba en embarazo y soñó cómo asesinaban a nuestro papá y perdió al muchacho… nunca se me olvidará eso, se despertó gritando.” 

La gente tiene terror a soñar. Pero es en el único momento en el que pueden volver a verles. Un psicólogo llegó tras la masacre y les dijo que las fotografías, los retratos, todo eso siempre escondido. Cómo si por no verles desapareciera el dolor. Cómo si por no verles ya no hubiera sucedido.

Algo así como la impunidad. Tan sólo una mujer, ya mayor, se negó a esconder la fotografía de su hijo. Está colgada en la pared de su cocina, donde todo está envuelto en bolsas de plástico. Apenas pasa tiempo en Monteloro puesto que se desplazaron a la ciudad. Una hija de ella le repite que quite esa fotografía. Y ella siempre responde, no. Resistencias al olvido.

La Fiscalía no indaga. Las caras de los asesinos – de los paramilitares – estuvieron visibles todo el tiempo. Podrían ser descritos. Localizados. Quién sabe. Nunca ocultaron sus rostros. Podría hacerse un retrato de cada uno de ellos. Pero la Fiscalía no indaga. No pregunta. No quieren saber quiénes fueron. Y pareciera que ya no importarse más porqué los mataron. Pero así matan aquí: por nada. 

En la tienda de abajo había un teléfono, el único por aquel entonces en toda la vereda. Empresas Públicas de Medellín lo trajo. La Junta de Acción Comunal se encargaba de su manejo. Antonio era el presidente. Ese fue el motivo. La excusa. La razón. El tema. El fundamento. El pretexto. Aludieron a que ellos lo habían prestado a la guerrilla.

Si no hay cadáver no hay muerto. Si no hay muerto no hay víctima. Si no hay víctima no hay victimario. Si no hay victimario no hay delito. Así dice la teoría penal.

Aquí sí hay cadáveres, hay muertos. Sí hay muertos y hay víctimas. Sí hay víctimas y hay victimarios. Sí hay victimarios pero parece ser que en ambos caso no hay delito que se busque juzgar.

“Que si fue Mancuso, que si algún otro.” “Que mataron a seis pero que iban a matar a quince.” No sabemos nada. No quedó nada. Muchos se fueron. Pasaron 20 años. No hay nadie imputado. No hay sospechosos. No hay acusados. No hay nombres. Sólo una palabra: Impunidad. Y Mancuso extraditado a EEUU para que siga el olvido.

Ese día no terminó con la masacre. Con la muerte. Las familias y vecinos tuvieron que velar los cuerpos en el mismo lugar donde fueron asesinados. Descuartizados. Pasaron las horas. Amaneció. Pasaron las horas. Y nadie acudió. Ninguna fuerza pública encargada de protegerles. Hasta las cuatro de la tarde del día siguiente no aparecieron. Por fin subieron a levantar los cadáveres. Los cuerpos. A tomar testimonios. A recoger pruebas. A hacer lo que se supone que debieran de hacer pero que tampoco hicieron.

“Todo ocurrió en la noche y al día siguiente recuerdo dos soldados cagados de miedo. Les dijimos: ¿por qué les da a ustedes tanto miedo? ustedes pueden creer que si la guerrilla está allí arriba va a venir a sacarnos a nosotros para tirarles a ustedes. A nosotros nos da igual, no hay miedo en nosotros. No contestaban. Mudos. Casi que no vienen a recogerlos del miedo.”

Un acto como este cambia el curso de la vida. Por eso muchas casas están abandonadas. Las puertas tienen candados pero adentro aún hay dolor. Tuvieron que irse algunos. Desvanecerse.

La masacre de Monteloro no es conocida. No es una masacre mediática como otras. No salió en los titulares de prensa, apenas un par de noticias sin apenas información de lo que pasó, de quienes perpetraron la masacre. Estos hechos no acapararon la atención de ninguna audiencia. Se trata “sólo” de seis hombres que fueron asesinados. Que no se volvieron a ver. ¿Por qué? ¿Quién decide qué masacre será silenciada y cuál pertenecerá al relato de la Verdad en Colombia? ¿Por qué?

Alimentado por el silencio, el terror que domina los espacios de muerte, como la tienda cerrada en la vereda de Monteloro, nos paraliza. Este horror es otra cosa. ¿Quién puede sobrevivir a tanto dolor? ¿Y cual es su razón de ser?

Las estructuras paramilitares responden a una política de saqueo del territorio. Allí donde se implantó el terror y la violencia, las familias se desplazaron. Huyeron. Sus tierras, sus fincas, sus casas tuvieron que ser vendidas a muy bajo precio. ¿Quiénes son ahora los dueños de estos paisajes? ¿Qué han hecho con estos territorios?

Caminar las veredas es llenarse de preguntas, de conocer las historias. De subvertir el estado de silencio generalizado. De resistir al olvido. De reclamar justicia.

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